Penélope sobrevivió el resto del día por puro instinto, cada que veía a su jefe, veía a un completo extraño, para ella era más que claro que no era su amado Arón Hill.
El ambiente se ponía frio cada que el pasaba, su mirada causaba escalofríos.
Todos lo notaban.
—¿Qué le pasa hoy al jefe? —preguntó alguien en contabilidad.
—¿Me llamó “criatura eficiente”? —murmuró otro.
A las seis en punto, Penélope prácticamente huyó del edificio.
Miri la alcanzó en la entrada del edificio.
—Oye, ¿A dónde vas?.
—A casa, por ese libro—Dijo Penélope sin detenerse.
—Espera, voy contigo.
Fueron a su departamento por el libro.
—Penélope, ¿Quieres explicarme?—Preguntó Miri al verla tan alterada.
—Está bien, pero no me mires como si estuviera loca, creo que, un demonio poseyó a mi hermoso Arón.
—¿Qué?.
—El ritual de anoche, creo…que algo salió mal, y algo, no sé qué, se metió en él, viste como estaba, era otro, lo viste, ¿No?.
Miri asintió. —Te lo dije, mi abuela dice que esas cosas son malas, te dije que no jugaras con eso.
—Tengo que arreglarlo— dijo Penélope apresurándose a salir.
—Espera, quiero ver— dijo Miri siguiéndola.
Al llegar a la tienda, unas campanillas sonaron al abrir la puerta. Un olor a incienso las recibió, acompañado de una melodía extraña.
Había estanterías llenas de frascos, velas, amuletos, hierbas secas y cosas que definitivamente no eran decoración de temporada.
El hombre del mostrador levantó la vista y suspiró al ver a Penélope.
—Sabía que volverías, acaso no te dije que no era un juego.
Penélope sintió un nudo en la garganta.
—Algo salió mal.
—Por supuesto que sí, estos libros no son para gente descuidada—respondió él con una calma irritante.
Ella puso el libro sobre el mostrador. —¿Por qué me lo vendiste entonces?.
—Tengo que comer.
Penélope lo abrió en la página del ritual.
—Hice esto, pero no resultó como esperaba.
El hombre miró el texto y frunció el ceño al ver la hoja con una mancha roja. —¿Esa mancha es sangre?
—¡No! Es jugo de cereza.
El hombre cerró los ojos como quien escucha que alguien metió un tenedor al microondas. —Por qué no me sorprende. Fantástico.
Miri miraba entre ambos como en un partido de tenis sobrenatural.
—Yo quería invocar al dios del amor —dijo Penélope, defensiva—. Es lo que dice ahí.
El vendedor soltó una risa seca. —¿Acaso tienes dislexia?, no dice dios, dice demonio.
Penélope frunció el ceño y se inclinó a ver el texto, era viejo, no se veía bien.
—Eso es un llamado a una entidad de deseo, posesión, lujuria y dominación, no es un demonio que te dará flores y te hará sentir amada.
—Pues debería de tener una advertencia— dijo Penélope.
Aquel hombre abrió la primera página, la advertencia estaba muy clara, pero ella no la leyó. —No hay más ciego qué el que no quiere ver.
—Bueno, pero ahí dice que, al invocarlo, él me concederá mi más grande sueño de amor, pero eso no pasó, algo se le metió a mi jefe.
—Pues si no resultó como esperabas, eso significa que algo hiciste mal en el proceso.
—No, lo hice todo bien, las velas, el círculo raro, los pétalos rojos yo…
—¿Dijiste pétalos rojos?—La interrumpió el vendedor.
—Si, ahí decía pétalos rojos y eso…
—El rojo en el ocultismo significa, sangre, destrucción, el rosa es el color del amor.
La miró fijo.
—Invocaste a un demonio de la lujuria y la perversión, ¿Funcionó?, ¿Lo viste?.
—No, ya te lo dije, poseyó a mi amado.
El aire pareció espesarse, el vendedor negó.
—Bueno, tu sí que metiste la pata bien hasta el fondo, no fue cualquier demonio, al parecer— dijo mientras leía aquel texto. — según esto, tú llamaste a Malek, uno de los siete reyes del inframundo.
Penélope se quedó helada.
—…¿Rey?
—Sí.
—¿Rey… del inframundo? —repitió con la voz seca.
El vendedor apoyó los codos en el mostrador.
—Mira, niña, los demonios normales quieren almas. Hacen tratos, tentaciones, contratos, bla bla… clásico.
Señaló el libro.
—Pero lo que tú soltaste… cielos, vino sin una correa puesta.
—¿Eso que quiere decir?.
El hombre hizo un gesto con la mano.
—Es como soltar un perro de pelea en medio de muchos perros domésticos. Va a atacar lo que tenga enfrente, matar solo por placer… hasta que escuche a su dueño.
Silencio.
Penélope sintió que el corazón le latía en la garganta.
—¿Dueño?…
El vendedor la miró fijo.
—Quien lo invocó.
Miri giró lentamente hacia Penélope.
—…tú, tú lo llamaste.
Penélope dio un paso atrás.
—Yo no quiero ser dueña de nada que tenga cuernos.
—No es opcional —dijo el hombre—. Te escuchará solo a ti…bueno, algo así.
Miri alzó la mano como en clase. —Perdón, estoy escéptica, pero suponiendo qué si funcionó y ella invocó un demonio, ¿Qué debemos hacer?.
Penélope susurró: —¿Se puede deshacer?.
El hombre la miró largo rato.
Luego dijo:
—Sí, tal vez.
Esperanza, eso era todo lo que Penélope necesitaba.
Luego añadió:
—Pero no es fácil… y no es gratis.
Las luces de la tienda parpadearon.
—Entonces que le ordene volver al infierno y ya, ¿no?, como en las películas— dijo Miri.
El vendedor soltó otra carcajada seca y negó, definitivamente algunas personas eran muy graciosas.
—Claro. Y mañana le pedimos al sol que no salga porque tenemos calor.
Se inclinó más.
—Fue llamado para un trabajo. Y como todo trabajador… debe recibir un pago.
Penélope sintió que el aire se volvía espeso.
—¿Qué clase de pago?, yo no prometí nada…
El vendedor la observó en silencio.
Cuando habló, su voz ya no sonaba burlona, sonaba… lúgubre.
—Los demonios de este tipo, no quieren solo almas.
Eso fue peor.
—Quiere algo que jamás ha tenido, para ellos es, como una victoria, algo diferente que saborear.
Penélope tragó saliva.
—¿Qué cosa?.
El hombre la señaló directamente.
—Lo más preciado para ti.
El silencio cayó como una piedra.
Miri susurró. —¿Dinero?
—No, claro que no.
—¿Tu vida?—Preguntó asustada.
—Tampoco—Respondió el vendedor. —Tu voluntad, tu libre albedrío, lo que más añoran los demonios es la posibilidad del ser humano de alcanzar el cielo.
Penélope sintió un frío que no venía del aire.
—No hablo de que te obligue —continuó—. Hablo de que tú le entregues tu alma. Que lo desees. Que lo elijas, libertad, eso es lo que buscará.
Miri abrió los ojos.
El hombre cerró el libro.
—Oh, puede que solo quiera tu alma para atormentarla por toda la eternidad.
—¿Y si no le doy nada? —preguntó Penélope.
El vendedor suspiró.
—Son parásitos, buscan un huésped, infectan, se alimentan del huésped y al final, solo buscan un huésped mejor.
Penélope apenas podía respirar.
—¿Eso quiere decir que…?.
La imagen de Aarón sonriéndole amable cada mañana se mezclaba con esa mirada oscura de hoy.
No podía ser el final de alguien así.
—¿Mi Arón va a morir?—Preguntó Penélope para después llorar.
Miri la miró y luego miró al vendedor. —¿Cómo lo sacamos?.
El vendedor la observó, como si estuviera decidiendo si valía la pena meterse en ese lío.
Luego suspiró.
—Hay un ritual de despojo.
Penélope levantó la cabeza de golpe.
—¿De verdad?.
—Sí. Pero no es “abracadabra y listo”.
Se giró y sacó de debajo del mostrador un rollo de tela con símbolos dibujados.
—Deben hacerlo entrar al centro de esto —dijo señalando el medio—. Cuando esté dentro y se cierre el sello… no podrá salir.
Miri levantó la ceja.
—¿Y cómo metemos a un demonio rey del inframundo en un dibujo de tiza?.
—Engañándolo, y no debe de ser un dibujo de tiza, sino uno de sal.
Silencio.
—¿Cómo se engaña a algo que puede oler el miedo? —preguntó Penélope.
—Con algo que sea irresistible para él.
Ambas chicas se miraron.
—Cuando esté dentro —continuó él—, leen el sello de expulsión. Si funciona, la entidad será arrancada del cuerpo y regresada a su plano.
Penélope respiraba agitada.
—¿Funcionará?.
El hombre le sostuvo la mirada. —Tal vez, si lo hacen correctamente, si, podría funcionar. Los demonios son más astutos de lo que aparentan —añadió—. Y este… es un rey de cientos de años, así que sean inteligentes.
Penélope se secó las lágrimas. —Lo haré— dijo con determinación, no podía abandonar a su amado Aron, no sabiendo que ella tuvo la culpa.
El vendedor enrolló de nuevo la tela. —Esto vale doscientos dólares.
—¿Qué?.
—Y necesitarás esto— dijo dándole un amuleto. —Mientras lo lleves, no podrá tocarte, esta activado por un santero muy poderoso, así que cuídalo, no se consiguen fácil.
Penélope lo sostuvo. “Tranquilo mi amor, voy a traerte de vuelta”, pensó mientras sujetaba aquel amuleto con fuerza.
—Ese vale trecientos.