Han pasado dos días desde que encontré a Dasha en la terraza con el teléfono apenas temblándole entre los dedos. Dos días desde que comprendí que Sergei dejó atrás la violencia evidente para elegir algo mucho más sofisticado: el desgaste. No hubo disparos, no hubo fuego, no hubo amenazas directas. Solo silencio. Y el silencio, cuando proviene de un hombre como él, no significa tregua. Significa cálculo. En casa intentamos sostener la rutina como si fuera un escudo. Desayunamos en la cocina con la luz clara de Miami entrando por los ventanales, demasiado limpia para el clima que respiramos. Dasha lleva una blusa blanca y el cabello recogido de forma práctica, como si vestirse con sencillez pudiera devolverle algo de control. La observo remover el café con movimientos pequeños, repetitivos.

