Dasha se va sin levantar la voz.
No hay portazos ni reproches finales. Solo una decisión tomada con la misma firmeza con la que siempre hace todo. Toma su bolso, cruza el salón sin mirar atrás y se detiene apenas en la puerta.
—No intentes seguir —dice—. Ni hoy ni mañana.
No le respondo. No porque no tenga qué decir, sino porque cualquier palabra sería una forma de retenerla, y ya dejó claro que no está dispuesta a concederme eso.
—Y no vuelvas a investigar —agrega, sin girarse—. No te corresponde.
La puerta se cierra.
El sonido no es fuerte, pero algo en mí se desplaza con él, como si el aire de la casa cambiara de lugar. Me quedo donde estoy, inmóvil, mirando un punto vacío que todavía conserva su forma. No la seguí. No intenté detenerla. No porque no pudiera, sino porque entendí que hacerlo habría sido admitir algo que no estoy listo para nombrar.
La casa vuelve a su silencio habitual, pero ya no se siente igual.
Camino sin rumbo fijo, paso por el ventanal, por el despacho, por el pasillo que lleva al dormitorio. Todo está en orden. Demasiado. No hay rastros de ella, y sin embargo su ausencia pesa más que cualquier presencia anterior. Me sirvo un vaso de agua que no termino. Me quito la chaqueta y la dejo donde no corresponde. No suelo hacerlo.
Esa noche no duermo bien.
No hay sueños claros, solo imágenes fragmentadas: su espalda alejándose, su voz diciendo no te corresponde, la certeza incómoda de que, por primera vez, alguien decidió marcarme un límite sin pedirme permiso. Me despierto antes de que amanezca, con el cuerpo tenso y la mente alerta, como si hubiera algo que vigilar.
No es ella.
Soy yo.
El día siguiente comienza como siempre, o al menos eso intento. La rutina se impone con una eficacia casi agresiva. Agua fría. Café n***o. Agenda cerrada a lo imprescindible. Me digo que lo de anoche fue una desviación, un error de cálculo que ya corregí dejándola ir.
Funciona… durante unos minutos.
En la empresa, todo sigue su curso. Reuniones, contratos, llamadas. Firmo documentos sin leerlos dos veces. Escucho informes sin interrumpir. El edificio responde como siempre. Yo también. Pero hay algo distinto en la forma en que mi atención se desplaza.
La veo antes de darme cuenta de que la estoy buscando.
Está en una sala de reuniones, hablando con dos miembros del equipo financiero. Su postura es impecable, su tono controlado, su discurso preciso. Nada en ella delata la noche anterior. Nada sugiere que cruzamos una conversación que no se puede deshacer.
Y, sin embargo, la noto distinta.
O tal vez soy yo el que mira distinto.
Me sorprendo observando detalles que antes no registraba: la forma en que aprieta los labios cuando algo no le convence, el leve cansancio bajo sus ojos, la manera en que respira hondo antes de responder una pregunta complicada. No son gestos de debilidad. Son humanos. Y eso me irrita.
No debería importarme.
No debería notar si está más callada, si evita ciertos pasillos, si elige quedarse en su oficina cuando el resto sale a almorzar. No debería preguntarme si durmió poco, si algo la inquieta, si anoche se fue a casa o a cualquier otro lugar donde pudiera sentirse a salvo.
Y, sin embargo, lo hago.
Cada vez que mi atención vuelve a ella, algo en mí se tensa, como si estuviera cediendo terreno sin darme cuenta. No es deseo lo que me descoloca esta vez. Es otra cosa. Más peligrosa. Más difícil de justificar.
Preocupación.
La palabra se instala con una claridad que me enfurece.
No es mi rol.
No es mi lugar.
No es parte de ningún acuerdo.
Me obligo a concentrarme. Cierro la puerta de mi oficina. Me sumerjo en cifras, en proyecciones, en problemas que sí sé cómo resolver. Pero incluso ahí, su presencia se filtra. No como imagen, sino como ausencia consciente. Como una pregunta que no formulé y que ahora no puedo dejar de escuchar.
Entiendo entonces lo que realmente me molesta.
No es que Dasha se haya ido.
No es que me haya puesto un límite.
No es que haya decidido no seguir hablando.
Es que no intentó quedarse.
No me pidió explicaciones.
No buscó negociar.
No necesitó mi aprobación para cerrar la puerta.
Y yo… yo sigo observándola desde lejos, midiendo su estado de ánimo, atento a cada gesto que no debería importarme, fallando una y otra vez en volver al lugar seguro donde todo era simple.
La línea no la cruzó ella.
La crucé yo.
Y lo peor no es haberlo hecho.
Es darme cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, no estoy seguro de querer volver atrás.