Tres días.
Eso es lo que pasó desde la última vez que hablamos sin filtros, desde la noche en que decidió irse de mi casa sin pedirme nada y sin dejarme espacio para negociar. Tres días deberían ser suficientes para que cualquier desviación vuelva a su cauce. Para que el hábito se imponga. Para que el ruido se apague.
No lo fue.
Hice lo que siempre hago cuando algo amenaza con salirse de control. Me refugié en la rutina. La repetí con una disciplina casi agresiva, como si insistir pudiera devolverme la forma. Gimnasio temprano. Agua fría. Café n***o. Días largos en la empresa, llenos de decisiones que sí responden cuando las presiono. No la busqué. No la llamé. No inventé excusas para cruzarla.
Y, por las noches, hice lo que siempre funcionó.
Bares conocidos. Luces bajas. Conversaciones fáciles. Mujeres que no preguntan nada que no quieran escuchar. Cuerpos disponibles, miradas que se entregan con una rapidez que antes me resultaba tranquilizadora. Todo estaba en su lugar. Todo era reconocible.
Todo estaba mal.
Las llevé conmigo. Volví a mi casa con alguna de ellas. Repetí gestos aprendidos, recorridos que conozco de memoria. Mi cuerpo respondió por inercia, por costumbre, por un reflejo que durante años confundí con control. Pero incluso ahí, incluso cuando el ruido debería haberlo tapado todo, ella aparecía.
No como imagen precisa. Como ausencia.
Como una incomodidad que no se deja empujar al fondo.
Nada duraba más de lo necesario. Ellas se iban como siempre, con una despedida correcta, con la expectativa intacta de haber sido suficientes por una noche. Yo volvía a quedarme solo, con la certeza cada vez más clara de que no lo habían sido.
No por ellas.
Por mí.
El cuarto día termina tarde. Demasiado. El edificio empieza a vaciarse mientras sigo revisando documentos que ya revisé. No es trabajo lo que me retiene. Es la incapacidad de enfrentar el silencio que me espera afuera. Apago la luz de la oficina, tomo el abrigo que no necesito —costumbre inútil— y bajo en el ascensor casi vacío.
Cuando salgo al exterior, el calor de Miami me golpea con una familiaridad áspera. La noche está viva, cargada de movimiento, de sonidos que se superponen. Camino unos pasos, distraído, pensando en nada en particular… y entonces la veo.
Está apoyada contra uno de los muros laterales del edificio, lejos de la entrada principal. No debería estar ahí. No a esta hora. No sola. Su postura es rígida, contenida, como si sostenerse erguida le costara más de lo normal. Tarda en notar mi presencia.
Dasha.
Me acerco sin pensar, con una urgencia que no me tomo el tiempo de analizar. Cuando levanta la vista, sus ojos están enrojecidos, hinchados de una forma que no deja dudas. No es cansancio. No es una noche mal dormida.
Es llanto.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, bajando la voz sin darme cuenta.
No responde de inmediato. Aspira aire como si intentara ordenar algo dentro de sí. Da un paso hacia mí, luego se detiene. Es entonces cuando lo veo.
El morado.
Oscuro, marcado, imposible de ignorar. En su cuello, apenas disimulado por el cabello que hoy no lleva recogido. No es una sombra accidental. No es un golpe viejo. Es la huella clara de una mano que apretó más de lo necesario.
Algo se tensa dentro de mí con una violencia fría.
—¿Quién te hizo eso? —pregunto.
Mi voz no tiembla. Eso es lo que más me preocupa.
Dasha niega con la cabeza, rápido, como si quisiera borrar la pregunta antes de que tome forma.
—No —dice—. No ahora.
Da otro paso. Esta vez no se detiene. Se acerca lo suficiente como para que pueda sentir su respiración agitada, el temblor leve que intenta controlar. Abre la boca como si fuera a decir algo más, pero no sale nada.
Y entonces ocurre.
Se inclina hacia mí y me rodea con los brazos, con una fuerza que no esperaba, como si aferrarse fuera la única forma de no desarmarse. Su frente queda apoyada contra mi pecho. Su cuerpo entero se tensa y, por primera vez desde que la conozco, no hay control en su gesto.
No dice una palabra.
Yo tampoco.
Al principio no reacciono. Me quedo inmóvil, sorprendido por el contacto, por la vulnerabilidad sin aviso. Luego, casi sin decidirlo, cierro los brazos alrededor de ella. No con posesión. No con intención. Con algo mucho más peligroso.
Protección.
Siento cómo su respiración se descompone, cómo se aferra un poco más, como si el mundo hubiera decidido caerse justo ahora y yo fuera el único punto firme disponible. No sé cuánto tiempo pasa así. Podrían ser segundos o minutos. No importa.
La noche sigue moviéndose alrededor de nosotros, indiferente.
Y yo entiendo, con una claridad que no me deja espacio para mentirme, que nada de lo que hice en estos días sirvió para borrarla. Que la rutina no la desplazó. Que otras mujeres no la reemplazaron. Que el control no volvió.
Porque mientras la sostengo y siento el latido acelerado de su corazón contra el mío, algo se acomoda de una forma irreversible.
No sé qué pasó.
No sé quién la lastimó.
No sé qué consecuencias tendrá esto.
Pero sé una cosa con absoluta certeza:
A partir de este momento, ya no se trata de sacármela de la cabeza.
Se trata de que no puedo —ni quiero— soltarla.