La llevo conmigo sin pensarlo demasiado, pero tampoco a la fuerza. No hace falta. Dasha camina a mi lado como si el simple acto de avanzar necesitara de una voluntad que hoy no le sobra. No pregunta a dónde vamos. Yo tampoco explico nada. Hay silencios que no se rompen; se sostienen.
El trayecto hasta mi casa es distinto a cualquier otro. No pongo música. No hablo. Manejo con una concentración que no tiene que ver con el tránsito, sino con ella, con la forma en que se abraza a sí misma en el asiento del copiloto, con el modo en que mira por la ventana sin ver nada. El morado en su cuello sigue ahí, presente incluso cuando no lo miro directamente, como una acusación muda.
Cuando entramos, la casa no impone como suele hacerlo. No es un escenario. No es un refugio de costumbre. Es solo un espacio amplio y silencioso donde el tiempo parece desacelerarse apenas cruzamos la puerta. Ella se queda de pie en el hall, indecisa, como si no supiera dónde colocar el cuerpo. No la apuro.
—Siéntate —le digo—. Donde quieras.
Dasha elige el sofá, cerca del ventanal. Se sienta recta, con las manos entrelazadas, la mirada baja. No parece alguien que acaba de cruzar una línea peligrosa; parece alguien que llegó al límite hace rato y recién ahora lo sintió.
Voy a la cocina sin decir nada. Abro un gabinete, saco una taza, luego otra, como si la posibilidad de equivocarme todavía existiera. Cargo la cafetera con movimientos lentos, conscientes. El aroma empieza a llenar el espacio y, por primera vez desde que salimos de la empresa, algo en el ambiente se suaviza.
No estoy pensando en llevarla a mi cama. No estoy calculando nada. Solo quiero que respire.
Le acerco la taza sin mirarla de inmediato. Cuando alza los ojos, hay sorpresa en su expresión. No por el café. Por el gesto.
—Gracias —dice, apenas audible.
Me siento frente a ella, a una distancia prudente. No la invado. No hoy.
—¿Quieres hablar? —pregunto—. O podemos quedarnos así.
Sostiene la taza entre las manos como si le diera algo a lo que aferrarse. El vapor le roza el rostro. Cierra los ojos un segundo. Luego los abre.
—No planeaba que esto pasara —empieza—. Nada de esto.
No la interrumpo.
—Pensé… —continúa— pensé que si lo enfrentaba, si dejaba de aceptar ciertas cosas, iba a recuperar algo que sentía perdido. Mi espacio. Mi decisión.
Traga saliva. El gesto le tensa el cuello y el morado se hace más visible. No aparto la mirada, pero tampoco reacciono. La dejo hablar.
—Lo vi con otra mujer —dice al fin—. No fue la primera vez que sospeché, pero sí la primera en la que fue tan evidente. No intentó ocultarlo. Eso fue lo peor.
Sus dedos aprietan la taza con más fuerza de la necesaria.
—Creí que, si lo encaraba, si dejaba claro que no iba a seguir aceptando ese tipo de humillaciones, algo iba a cambiar. Que se iba a dar cuenta de que no podía seguir controlándolo todo.
Alza la vista hacia mí por primera vez desde que empezó a hablar.
—Me equivoqué.
La palabra cae pesada entre nosotros.
—¿Qué pasó? —pregunto, con un tono que no reconozco del todo.
Dasha respira hondo antes de responder.
—Se rió —dice—. No de forma abierta. Fue peor. Como si yo fuera ingenua por creer que tenía derecho a reclamarle algo. Me recordó todo lo que “hizo” por mi padre. Todo lo que “arriesgó”. Me habló de acuerdos, de lealtades, de consecuencias.
Su voz no se quiebra, pero el temblor está ahí, contenido.
—Le dije que no era su propiedad. Que no podía seguir así. Que necesitaba… libertad.
Hace una pausa.
—Y entonces dejó de hablar.
Ese silencio, incluso en su relato, se siente peligroso.
—Me tomó del brazo —continúa—. No fue un golpe. No fue un estallido. Fue peor. Fue control. Fue demostrarme que, incluso cuando cree estar calmado, puede hacerme sentir pequeña.
Baja la mirada.
—Ahí entendí que no había recuperado nada. Que había perdido incluso la ilusión de poder hacerlo.
El silencio que sigue no es incómodo. Es denso. Me levanto despacio y dejo mi taza sobre la mesa sin haberla probado. Camino unos pasos, luego me detengo. No sé qué hacer con esta información. No sé qué lugar ocupar sin cruzar otro límite.
—No deberías pasar por esto sola —digo al fin.
Ella sonríe apenas, una mueca cansada.
—No quería involucrarte —responde—. Ya te dije que acercarte a mí no es como con las demás. No es justo para ti.
—No decidiste eso por mí —replico—. Y no te pedí que me protegieras.
Se queda en silencio. Luego levanta la vista.
—Matías… —dice—. Lo que pasó entre nosotros no me dio fuerza. Me dio un instante de olvido. Y eso es peligroso cuando sabes que la realidad te está esperando afuera.
Me acerco un poco más, lo justo para que no parezca una huida.
—No te traje aquí para pedirte nada —digo—. Ni para usar lo que me contaste. Te traje porque estabas rota… y porque no sabía hacer otra cosa que intentar sostenerte.
Sus ojos se llenan de algo distinto ahora. No llanto. Algo más frágil.
—Eso es lo que me asusta —confiesa—. Que, por un momento, se sintió… seguro.
No respondo de inmediato. No porque no tenga qué decir, sino porque lo que pienso podría cambiar demasiado.
—Quédate esta noche —digo al fin—. No te tocaré. No te pediré explicaciones. Solo… quédate.
Dasha me observa largo rato. Mide mis palabras, mis gestos, el espacio que dejo entre los dos. Al final, asiente con un movimiento casi imperceptible.
—Solo esta noche —dice.
—Solo esta noche —repito.
Y mientras ella vuelve a llevar la taza a los labios, entiendo que algo se desplazó definitivamente entre nosotros. No fue el deseo. No fue el peligro.
Fue la intimidad.
Y esa… no tiene marcha atrás.