La noche se instala en mi casa de una forma distinta.
No por el silencio —mi casa siempre es silenciosa—, sino por el peso que trae consigo la presencia de Dasha sin la tensión habitual del juego, sin el filo de la conquista, sin esa electricidad que siempre termina llevándolo todo hacia lo inevitable. Esta vez no hay estrategia. No hay cálculo. Solo una calma frágil que podría romperse con cualquier palabra mal dicha.
Le muestro una de las habitaciones de invitados, amplia, sobria, limpia como todo en esta casa. Sábanas impecables, luz tenue, cortinas que bloquean la ciudad. Dasha se queda en el umbral un instante, como si cruzarlo implicara admitir que está aceptando algo más que un techo.
—Si necesitas algo… —empiezo.
—Lo sé —me interrumpe, sin dureza—. Gracias.
La palabra queda suspendida. Gracias. No es una palabra que me suelan decir con ese tono. No es la gratitud automática de quien está impresionada por el lujo. Es otra cosa. Es reconocimiento.
Asiento y me obligo a irme antes de quedarme demasiado. Me giro para salir, pero la escucho detrás de mí.
—Matías.
Me detengo.
—¿Sí?
Dasha traga saliva.
—¿Por qué haces esto?
La pregunta es simple. La respuesta no.
Podría decirle que es por el morado en su cuello. Por lo que vi. Por lo que entendí. Podría decirle que no soporto la idea de que alguien la toque así. Podría decirle que Sergei me resulta un problema y yo no dejo problemas sin resolver. Todo eso sería parcialmente cierto.
Pero no es la verdad completa.
—Porque esta vez… —digo despacio— no me dio igual.
Dasha me observa en silencio, como si buscara la trampa detrás de la frase. No la hay. Al final, asiente muy levemente.
—Buenas noches —dice.
—Buenas noches.
Cierro la puerta de su habitación con cuidado y camino por el pasillo sin hacer ruido. En mi dormitorio, la cama me espera intacta, enorme, perfecta, como si la casa no hubiera sido invadida por nada. Me quito la camisa, me lavo las manos, me apoyo un segundo en el lavamanos, mirando mi reflejo.
No es ella la que está descolocada.
Soy yo.
Me acuesto, pero el sueño no llega rápido. La noche se me llena de imágenes desordenadas, no explícitas, no como antes. No es la fantasía. Es el recuerdo de su cuerpo temblando cuando me abrazó afuera del edificio, el modo en que su voz se mantuvo firme mientras contaba algo que la había quebrado. Pienso en su “solo esta noche” y me doy cuenta de lo frágil que es esa promesa cuando el amanecer llegue.
No hay pesadillas.
Solo una inquietud sorda que me mantiene despierto lo suficiente como para escuchar, en algún momento, un ruido mínimo al otro lado del pasillo. Una puerta que se abre con cuidado. Pasos suaves, indecisos, como si alguien no supiera si tiene derecho a existir en este espacio.
Me incorporo. No prendo luces. Camino hacia la cocina.
Dasha está ahí.
No totalmente dentro de sí. No llorando, pero tampoco en paz. Está descalza, con una camiseta amplia que seguramente tomó de la habitación, el cabello suelto cayendo en ondas oscuras sobre los hombros. La luz tenue del pasillo la recorta con una delicadeza que no parece real. Por un segundo me quedo quieto, observándola, y la primera reacción instintiva —la vieja— quiere arrastrarme hacia el deseo.
La detengo.
No hoy.
Dasha gira la cabeza y me ve.
—Perdón —dice de inmediato—. No quería despertarte.
—No me despertaste —miento con facilidad.
Ella baja la mirada hacia la taza vacía que tiene entre las manos.
—No pude dormir —confiesa.
Asiento, acercándome con calma.
—¿Quieres otro café? ¿Agua?
—No sé qué quiero —responde, y esa frase suena más grande que la cocina.
La observo de cerca. Sus ojos aún muestran rastros de cansancio. Sus labios están secos. En el cuello, el morado se asoma como un recordatorio cruel. Me molesta verlo ahí como si fuera una marca en algo que no debería ser marcado.
—¿Te duele? —pregunto, señalando apenas con la mirada.
Dasha instintivamente toca la zona y luego baja la mano como si se hubiera delatado.
—No es nada.
—No —digo, más firme—. No es “nada”.
Se queda en silencio. Luego suelta el aire despacio.
—Estoy acostumbrada a decir eso —admite.
La frase me provoca una rabia lenta, contenida. No contra ella. Contra la idea de que alguien la obligó a normalizarlo.
—No lo digas aquí —le pido—. No conmigo.
Dasha me mira como si no supiera qué hacer con una orden que no busca controlarla, sino protegerla. Esa contradicción la incomoda. A mí también.
—No estoy bien —dice al fin, casi en un susurro—. Y odio estar así.
Me apoyo contra la encimera, a un metro de distancia. Lo suficiente para que sepa que no la voy a invadir, pero lo suficientemente cerca como para que no se sienta sola.
—No tienes que odiarlo —respondo—. Solo tienes que atravesarlo.
Una sonrisa breve, cansada, le cruza el rostro.
—Hablas como si fuera simple.
—No dije simple —contesto—. Dije posible.
Dasha baja la vista y juega con la taza.
—Siempre pensé que si era perfecta, si hacía todo bien… nadie podría tener poder sobre mí —dice—. Y sin embargo…
La frase se pierde.
—Y sin embargo te equivocaste —completo, suavemente.
Ella asiente, tragando saliva. Hay un silencio largo. De esos que no incomodan cuando dos personas dejan de fingir.
—¿Qué haces tú cuando algo te supera? —pregunta de pronto, sin mirarme.
La pregunta me atraviesa con una precisión que no esperaba. Podría mentirle. Podría decirle “trabajo”, “me distraigo”, “sigo adelante”. Podría decirle lo correcto.
Pero esta noche no se siente como una noche para respuestas correctas.
—Lo controlo —digo—. O finjo que lo hago.
Dasha alza la mirada.
—¿Y funciona?
Me quedo callado un segundo.
—Hasta que alguien se da cuenta de que es una máscara.
Ella me observa, más atenta ahora, como si acabara de ver una g****a en mí.
—¿Y yo… soy esa persona? —pregunta.
No respondo enseguida. Porque cualquier respuesta sincera se siente peligrosa.
—Esta noche no —digo finalmente—. Esta noche solo eres alguien que necesitaba estar lejos de todo.
Dasha suelta el aire, como si mi frase le quitara un peso mínimo del pecho.
—Gracias por no… —busca la palabra— por no ser como siempre fuiste.
La honestidad de su comentario debería molestarme.
No lo hace.
Me quedo mirándola. La luz suave, la quietud, el sonido lejano de la ciudad afuera. Todo se siente suspendido, como si el tiempo no supiera si avanzar o quedarse.
—¿Te puedo preguntar algo? —dice ella.
—Sí.
Dasha duda.
—Cuando me besaste… aquellas veces… ¿era solo por ganar?
La pregunta se clava en un punto que no sé defender.
Podría decirle que sí. Sería coherente con el Matías que conozco. Con el Matías que he sido. Podría decirle que todo es una meta, una conquista, una ecuación. Pero esta noche no me deja mentirme.
—Al principio, sí —admito—. Luego… dejó de serlo.
Sus labios se entreabren apenas, como si esa respuesta le resultara demasiado.
—Eso es lo que me asusta —susurra.
—A mí también —confieso antes de poder detenerme.
El silencio que sigue es distinto. No es pesado. Es íntimo. Y esa intimidad crea una cercanía inevitable, como si el espacio entre nosotros se estrechara sin que ninguno se moviera.
Dasha deja la taza sobre la encimera con cuidado. Se queda frente a mí, a pocos centímetros. Sus ojos recorren mi rostro, como si buscara señales de una intención escondida.
No la hay.
No esta vez.
—Dijiste que no ibas a tocarme —murmura.
—No lo he hecho —respondo, la voz más baja de lo habitual.
Dasha traga saliva, como si esa proximidad fuera un riesgo.
—¿Y si… —empieza, pero se detiene.
No la presiono.
—¿Y si qué?
Ella levanta la mano lentamente y roza con la yema de los dedos el borde de mi muñeca. Es un contacto mínimo, casi nada, pero me golpea como si fuera un gesto enorme. No porque sea sensual, sino porque es voluntario. Consciente. Real.
—Y si por una vez… no quiero sentirme sola —termina.
No me muevo de inmediato. La dejo decidir. La dejo ser quien marque el paso.
Dasha se acerca un poco más, lo suficiente para que su respiración roce la mía. Sus labios tiemblan apenas, pero su mirada se mantiene firme.
El beso llega sin violencia.
No es el beso de la urgencia. No es el beso de la conquista. Es distinto, lento, contenido. Como si ambos estuvieran probando algo nuevo: la posibilidad de tocar sin apropiarse. La posibilidad de acercarse sin destruirse.
Dasha no se aparta.
Se queda.
Responde.
Y en esa respuesta hay algo que me desarma más que cualquier rendición: confianza.
Cuando el beso termina, nos quedamos cerca, demasiado cerca, sin decir nada. Afuera el cielo empieza a aclarar apenas, un cambio imperceptible que anuncia el amanecer.
Dasha apoya la frente contra mi pecho por un segundo, respirando.
—No sé qué significa esto —susurra.
Yo tampoco.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no siento necesidad de convertirlo en una meta.
Solo siento la necesidad de sostenerlo… sin romperlo.
Y eso, para mí, ya es un avance.