LO QUE QUEDA DE LA NADA

917 Words
La cocina amanece distinta cuando no estoy solo. La luz entra despacio por los ventanales, suave, casi tímida, como si también dudara de ocupar el espacio. Dasha está sentada en uno de los taburetes de la isla, con una taza entre las manos, el cabello aún suelto, los ojos cansados. No hay prisa en sus gestos. No hay tensión inmediata. Solo una quietud extraña, nueva. Yo preparo el desayuno sin pensarlo demasiado. Café, pan tostado, algo simple. El sonido de la cafetera rompe el silencio de manera amable, doméstica. No recuerdo la última vez que compartí una mañana así. No con una mujer que no se fue antes de que amaneciera. No con alguien que decidió quedarse sin que yo se lo pidiera. —No dormí nada —dice ella de pronto, sin mirarme. Es una confesión pequeña, pero honesta. —Yo tampoco —respondo, apoyándome en la encimera frente a ella. Dasha alza la vista, como si esperara una explicación. No la doy. No hace falta. Ambos sabemos que no fue por Sergei. Ni por la discusión. Ni por el miedo. Fue por el beso. Por ese punto exacto donde algo cambió sin pedir permiso. —Es curioso —murmura—. Anoche estaba agotada… y aun así, mi cabeza no se callaba. Asiento, sirviendo el café. —A mí me pasa cuando algo no encaja en mis esquemas —digo—. Cuando no sé dónde colocar una experiencia. —¿Y dónde colocarías lo que pasó? —pregunta, con cuidado. Dejo la taza frente a ella antes de responder. Me tomo el tiempo. No porque no sepa qué decir, sino porque lo que voy a decir no me resulta cómodo. —En ningún lado que conozca —admito—. Fue la primera vez que un beso… no terminó en sexo. La frase queda suspendida entre nosotros, desnuda, sin dramatismo. Dasha me observa con atención, como si intentara leer lo que hay detrás de esas palabras. —¿Eso te incomoda? —pregunta. —Me desconcierta —respondo—. Estoy acostumbrado a que las cosas sigan un curso claro. A que haya una consecuencia inmediata. Anoche no la hubo… y aun así, fue suficiente. Ella baja la mirada a su taza, gira el borde con el pulgar. —Eso dice mucho de ti —murmura. —¿Qué dice? —pregunto. Dasha se toma un momento antes de contestar. —Que usas el deseo como un atajo —dice al fin—. Como una forma de no quedarte demasiado tiempo en el lugar incómodo de sentir. No me defiendo. No niego. Sería inútil. —¿Y tú? —contraataco con suavidad—. ¿Qué usas tú? Dasha sonríe apenas, sin alegría. —La distancia —responde—. La eficiencia. Hacer que todo funcione para no preguntarme si soy yo la que está rota. Levanta la vista y me sostiene la mirada. —Anoche fue distinto contigo —continúa—. No me sentí usada. Tampoco salvada. Solo… vista. La palabra me golpea más fuerte de lo que debería. —No soy bueno en eso —digo—. En ver sin querer poseer. —Lo sé —responde—. Se nota. Hay algo en su tono que no acusa. Observa. —Te mueves como si todo fuera una negociación —añade—. Incluso con las mujeres. Das, tomas, marcas límites… y luego desapareces antes de que algo pueda exigirte más. —¿Te molesta? —pregunto. Dasha duda. —Me inquieta —admite—. Porque anoche no hiciste eso. Te quedaste. No intentaste convertirlo en algo más… ni huir. Me apoyo en la isla, más cerca ahora. No invado. Solo reduzco el espacio. —No quise romperlo —digo—. Lo que sea que fue. —Eso también me asusta —confiesa—. Que empieces a querer cuidar algo. Sonrío sin humor. —No soy precisamente un experto en eso. Dasha deja la taza y cruza los brazos sobre la isla, inclinándose un poco hacia mí. —Pero estás intentando —dice—. Y se nota cuando alguien intenta, incluso si no sabe cómo. Nos quedamos en silencio unos segundos. No incómodo. Denso de posibilidades. —No te prometo nada —digo al fin—. No sé hacerlo. No sé ser distinto de un día para otro. —No te lo pedí —responde—. Solo… no me trates como a las demás. La frase no suena a súplica. Suena a límite. —No puedo —respondo sin pensar—. Ya no. Dasha sostiene mi mirada, como si buscara la fisura, la contradicción. —Eso te va a traer problemas —dice en voz baja. —Probablemente —admito. Se incorpora despacio, toma su taza y da un sorbo largo. Luego suspira. —Supongo que por eso sigo aquí —murmura. El comentario me desarma más que cualquier gesto físico. Porque no es una provocación. Es una verdad simple. —Yo también —digo. No nos tocamos. No hace falta. Hay algo nuevo flotando entre nosotros, algo que no se define por el deseo inmediato, sino por la posibilidad de quedarse un poco más en la incomodidad de sentir. Y mientras el sol termina de asentarse sobre la ciudad, entiendo que este desayuno —esta conversación— es más peligroso que cualquier noche desbordada. Porque no se trata de lo que hicimos. Se trata de lo que estamos empezando a permitir.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD