La empresa me recibe con la misma precisión de siempre.
Vidrio, acero, líneas limpias. El lobby responde con el ritual conocido: voces que bajan de volumen, pasos que se ajustan a mi ritmo, miradas que no se sostienen más de lo necesario. Todo está exactamente donde debería estar. Yo también. Al menos en apariencia.
Pero no es verdad.
La noche no se quedó en mi casa.
Vino conmigo.
Subo en el ascensor privado sin mirar el reflejo en las paredes pulidas. No necesito comprobar nada. Sé cómo me veo. Sé cómo me muevo. Lo que no sé todavía es cómo convivir con la sensación persistente de haber compartido algo que no entró en ninguna de mis categorías habituales.
Dasha estuvo en mi cocina. En mi silencio. En mi amanecer.
Y ahora está aquí.
No la busco de inmediato. No por falta de interés, sino por una necesidad casi instintiva de mantener el orden. Me digo que el trabajo exige foco, que la mañana no admite concesiones emocionales, que lo ocurrido pertenece a otro espacio. Funciona… durante un rato.
En la primera reunión del día, ella interviene con la seguridad que ya conozco, pero hoy hay algo distinto. No en sus palabras. En la forma en que elige cuándo hablar. No me mira al hacerlo, pero siento su presencia con una claridad incómoda, como si mi atención hubiera aprendido a reconocerla sin permiso.
Expone cifras. Ajusta proyecciones. Cierra un argumento con una frase limpia, sin levantar la voz. Nadie la contradice. Nadie puede hacerlo sin quedar mal parado.
Me descubro asintiendo antes de decidirlo.
No por hábito. Por acuerdo.
Cuando la reunión termina, ella se queda un momento más, revisando un gráfico en la pantalla. Me acerco con una excusa razonable, profesional.
—¿Puedes enviarme ese escenario con el ajuste de riesgo? —pregunto.
—Ya lo tienes —responde—. Lo mandé hace diez minutos. Agregué una variante conservadora.
Levanta la vista entonces. Apenas un segundo. Lo suficiente para que algo se acomode entre nosotros sin ser nombrado. No hay sonrisa. No hay incomodidad. Hay reconocimiento.
—Bien —digo—. Gracias.
No es una palabra que use a la ligera. Ella lo sabe. Asiente y sale de la sala. Yo me quedo mirando la pantalla sin verla realmente.
El día avanza con una fluidez extraña.
Eficiente, sí. Productivo, también.
Pero distinto.
Paso frente a su oficina más veces de las necesarias. No me detengo siempre. A veces solo confirmo que está ahí, concentrada, escribiendo, revisando números con la misma calma que anoche sostuvo mi silencio. No hay rastros del amanecer compartido en su actitud. No hay gestos que delaten cercanía. Es impecable.
Demasiado.
En el pasillo principal coincidimos. Caminamos en la misma dirección unos metros. No nos tocamos, pero la cercanía es inevitable. Me llega su perfume, discreto, casi imperceptible. No lo comento. Ella tampoco acelera el paso.
—¿Dormiste algo? —pregunto, como si fuera una cortesía más.
—Lo justo —responde.
—Bien.
La conversación debería terminar ahí. No lo hace.
—¿Hablaste con él? —pregunto entonces, sin rodeos.
Dasha reduce el paso apenas. No se detiene del todo, pero el gesto cuenta.
—No —dice—. Hoy no.
Asiento. No pregunto más. Hay algo en su tono que marca un límite y, por primera vez, no me molesta respetarlo.
—Si necesitas algo —empiezo.
Ella se gira lo suficiente como para mirarme de frente.
—Lo sé.
No agradece. No se disculpa. Lo afirma.
Más tarde, revisamos un informe en mi oficina. La puerta permanece abierta. El ambiente es estrictamente profesional. Aun así, cuando se inclina sobre el escritorio para señalar un punto, su brazo roza el mío. Es un contacto mínimo, involuntario, pero mi cuerpo lo registra con una intensidad que me obliga a quedarme quieto.
—Aquí —dice—. Si ajustamos este margen, evitamos el sobrecosto sin afectar el cronograma.
—Hazlo —respondo—. Confío en tu criterio.
La frase sale sola.
No la corrijo.
Dasha levanta la vista, sorprendida apenas. Me observa como si midiera el peso real de esas palabras.
—No sueles decir eso —comenta.
—No.
—Entonces no lo tomaré a la ligera.
Se endereza y sale sin decir nada más. Me quedo solo con una sensación nueva, incómoda, precisa: no fue una concesión. Fue una elección.
El resto del día transcurre sin sobresaltos. Llamadas, contratos, decisiones que se toman con la naturalidad de siempre. Pero en cada pausa, en cada silencio entre tareas, vuelve la misma certeza:
La noche no fue un paréntesis.
Fue una bisagra.
Al final de la jornada, la veo cerrar su computadora. Me acerco antes de que salga.
—¿Te vas? —pregunto.
—Sí.
—Bien —digo—. Nos vemos mañana.
—Mañana.
No hay promesas. No hay gestos innecesarios.
Solo una continuidad que se siente distinta.
La observo alejarse por el pasillo y entiendo, con una claridad que no busqué, que algo cambió en la forma en que la miro… y en la forma en que me observo cuando estoy cerca de ella.
No es urgencia. No es conquista. No es miedo. Es atención. Y para alguien como yo, eso ya es una g****a.