UNA POSIBILIDAD DISTINTA

823 Words
Al día siguiente, el nombre de Dasha vuelve a aparecer en mi cabeza antes que cualquier otra cosa. No es un pensamiento abrupto ni invasivo; es peor. Es constante. Se desliza entre la rutina como una idea que no pide permiso, que no se impone, pero tampoco se va. Me despierto recordando el beso. No el sexo. No la noche en sí, sino la diferencia. La forma en que ese contacto breve, contenido, dejó más huella que cualquier exceso anterior. Eso debería bastarme para incomodarme. Lo hace. En la ducha, en el café, en el trayecto hacia la empresa, la imagen regresa sin dramatismo: Dasha frente a mí, sin defensas, sin juego, sin la urgencia que siempre empuja todo hacia lo físico. Y ese contraste me persigue más de lo que admitiría en voz alta. Porque lo distinto no fue ella. Fui yo. En Guerra Enterprises, el día comienza con la normalidad acostumbrada. Reuniones, llamadas, documentos que requieren firmas rápidas y decisiones sin titubeos. Me muevo con la precisión de siempre. Doy órdenes. Escucho informes. Ajusto cifras. Nadie nota nada fuera de lugar. Pero yo sí. Me descubro esperando verla en cada sala, en cada pasillo. No la busco de forma evidente, pero cuando aparece, mi atención se reorganiza sin que yo lo decida. Hoy viste sobria, profesional, como siempre. No hay rastro visible de la cercanía compartida. Su postura es firme. Su mirada, clara. Es como si hubiera decidido colocar una capa más entre lo que ocurrió y lo que somos aquí. Y lo logra. Durante una reunión con el área de proveedores internacionales, surge el tema que altera el curso del día. —Tenemos un cuello de botella con el proveedor japonés —dice uno de los directores—. Las condiciones están claras, pero exigen firma presencial para cerrar el acuerdo final. Levanto la vista. —¿Cuándo? —La próxima semana —responde—. Tokio. La palabra se instala en la sala con un peso específico. No es solo un viaje. Es una decisión logística, estratégica. El acuerdo implica ajustes financieros delicados, proyecciones conjuntas, compromisos a largo plazo. —Necesitan a alguien que maneje la negociación económica en sitio —agrega—. Alguien que conozca el esquema completo. La respuesta es evidente incluso antes de que se diga en voz alta. Dasha. La miro sin hacerlo obvio. Ella también entiende de inmediato. No muestra sorpresa. Solo asiente, como si ya estuviera calculando escenarios. —Yo puedo encargarme de esa parte —dice—. Pero tendría que coordinarlo. —¿Con tu equipo? —pregunto. —Con mi padre —responde—. Y con Sergei. El nombre cae entre nosotros con una naturalidad que no tiene. No hoy. —¿Es un problema? —pregunto, manteniendo el tono profesional. Dasha duda apenas un segundo. —No —dice—. Es una conversación que tengo que tener. La reunión continúa, pero algo ya se desplazó. El viaje queda prácticamente definido: fechas tentativas, agenda preliminar, condiciones. Cuando termina, la sala se vacía con la eficiencia habitual. Dasha se queda un momento más, revisando unas notas en su tablet. Me acerco. —Tokio no es un viaje menor —digo—. Va a exigir tiempo, presencia… y coordinación total. —Lo sé —responde—. Por eso necesito confirmar que todos estén de acuerdo. —¿Todos? —repito. Levanta la vista. —Mi padre —aclara—. Y Sergei. Hay algo en la forma en que lo dice que no me gusta. No por celos. No por posesión. Por una intuición que todavía no sé nombrar. —Si hay algún inconveniente —empiezo—, podemos reorganizar. —No —interrumpe—. No es eso. Es solo… una cuestión de avisar. Asiento. No insisto. Todavía. —Avísame cuando lo tengas claro —digo—. Necesito cerrar el itinerario. —Hoy mismo —responde—. No debería demorar. Nos quedamos en silencio un segundo más de lo necesario. No es incómodo. Es expectante. Hay algo implícito en la idea de viajar juntos, algo que ninguno termina de decir en voz alta. —Matías —añade antes de irse—. Si esto se concreta… no será un viaje sencillo. —Los viajes importantes nunca lo son —respondo. La observo salir de la sala con esa mezcla de control y reserva que la define. Me quedo un momento más, pensando en Tokio, en el desplazamiento, en el espacio cerrado de un avión, en la distancia física de Miami y todo lo que aquí quedó suspendido. No es solo un acuerdo. No es solo trabajo. Es la posibilidad de que el terreno cambie por completo. Y mientras vuelvo a mi oficina, con la agenda ya reconfigurándose en mi cabeza, entiendo algo con una claridad inquietante: No me preocupa el viaje. Me preocupa lo que ese viaje puede revelar… de ella, y de mí.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD