La primera señal no es su voz. Es su postura. Veo a Dasha a través del cristal de su oficina, de pie, cerca del ventanal, con el teléfono pegado a la oreja y el cuerpo demasiado tenso para una llamada cualquiera. Hay una rigidez particular en sus hombros, en la forma en que sostiene el peso sobre una pierna como si estuviera lista para resistir un empujón invisible. No camina. No se mueve. Eso es lo que delata que la conversación la está arrinconando por dentro. No escucho todo. La puerta y el vidrio amortiguan las palabras. Pero hay frases que se filtran como agujas. —No es lo que acordamos… —No voy a cancelar… —Estoy haciendo todo lo que me pediste… Pausa. Luego, más alto, como si la paciencia se rompiera por un segundo: —¿Qué más quieres que haga para que estés satisfecho? El

