La reunión comienza con la precisión que aquí parece una ley no escrita. La sala es amplia, luminosa sin exceso, dominada por una mesa de madera clara que refleja una sobriedad casi ceremonial. Los representantes japoneses entran con una calma estudiada; cada gesto es contenido, cada palabra medida. Dasha ocupa el lugar a mi derecha. No es casual. Es el punto exacto desde el que controla cifras, riesgos y proyecciones sin invadir, sin imponerse. Las presentaciones fluyen con cortesía impecable. Tarjetas entregadas con ambas manos, inclinaciones breves de cabeza, silencios que no incomodan sino que ordenan el ritmo. Hablan de estándares, de tolerancias mínimas, de tiempos que no admiten improvisación. Yo respondo con claridad, marco objetivos, delimito responsabilidades. Cuando llega el m

