La puerta se cierra detrás de nosotros con un sonido suave, casi íntimo, como si incluso el hotel supiera que este momento no tolera estridencias. Dasha apoya la espalda contra la madera un instante más largo de lo necesario. No huye. No avanza. Respira. Yo la observo de pies a cabeza, perdiéndome en su belleza. El aire todavía conserva el pulso del pasillo, del beso que nos empujó hasta aquí, de esa decisión tomada sin discursos ni promesas. La miro y algo en su expresión me detiene: no hay desafío, no hay advertencia. Hay presencia. Una calma tensa, viva, que no le conocía… ni me conocía. —Esto… —empieza, y deja la frase suspendida. —Lo sé —respondo, sin apurarla. No nos movemos de inmediato. El espacio entre ambos se vuelve una materia sensible, casi palpable. Me acerco despacio, com

