Esa noche hago lo que siempre hice, o al menos eso intento decirme mientras dejo atrás el edificio de la empresa con la agenda cumplida y la cabeza saturada de números que no logran cubrir lo que no debería estar ahí. No vuelvo directo a casa. Giro el volante hacia el sur casi por inercia, hacia uno de esos bares donde nadie hace preguntas y donde las miradas se cruzan con la misma facilidad con la que se olvidan al día siguiente. Es territorio conocido, seguro, predecible; un espacio donde el deseo funciona como una transacción simple y donde nada se arrastra más allá de la madrugada.
Entro y el ambiente me recibe con luces bajas, música calibrada al punto exacto entre lo íntimo y lo impersonal, cuerpos que se mueven con una cadencia ensayada. Es el tipo de lugar donde nadie espera demasiado de nadie y donde eso, normalmente, siempre me bastó. Pido un whisky, me apoyo en la barra, dejo que el tiempo haga su parte. No tarda. Nunca tarda. Siempre hay alguien que mira primero.
Una mujer se acerca. Morena, sonrisa fácil, vestido ajustado. Me observa sin disimulo, con esa mezcla de curiosidad y expectativa que reconozco de inmediato. Conozco el gesto, la intención, la ilusión silenciosa de quien cree que esta noche puede ser distinta. Me invita una copa, asiento, y empezamos a hablar… o algo parecido. Palabras que no pesan, frases que ya pronuncié demasiadas veces, movimientos medidos que sé ejecutar sin pensar. Sé cuándo inclinarme, cuándo invadir apenas, cuándo sonreír lo justo. Su risa llega rápido. Su mano roza mi brazo. Todo encaja, en teoría.
Pero no siento nada.
No aparece la urgencia habitual ni el interés automático, tampoco esa sensación de control que siempre surge cuando sé que la situación me pertenece. La observo mientras habla y, sin quererlo, la comparo. No debería hacerlo, pero ocurre igual. No sostiene la mirada de la misma forma. No sabe habitar el silencio. No hay resistencia, no hay borde. Todo es demasiado fácil, demasiado disponible, demasiado vacío. Y eso, lejos de tranquilizarme, me incomoda.
La llevo conmigo, como siempre. El trayecto en el auto es corto y silencioso. Ella intenta llenarlo con comentarios triviales; yo respondo lo justo, casi en piloto automático. En mi cabeza, otra imagen insiste, se filtra sin permiso, se impone con una claridad que no pedí: una espalda desnuda alejándose de mi habitación al amanecer sin pedirme nada, sin explicaciones, sin esperarme.
La casa nos recibe con su orden impecable, su lujo frío, su silencio calculado. Ella se detiene un segundo, impresionada. Todas lo hacen. Yo no. Nunca me detengo. La beso, o al menos lo intento. El gesto es correcto, preciso, aprendido. Mi cuerpo responde por costumbre, no por impulso. La acerco, la guío, marco el ritmo como siempre. Ella se deja llevar, obediente a una coreografía que debería bastar.
No lo hace.
Algo no termina de encajar. La cercanía no despierta lo que debería, el contacto no borra nada. Siento su piel, su calor, su respiración acelerada… y aun así hay un vacío que no logro llenar. No es ella. La certeza se impone sin piedad: no es ella. La frase me atraviesa con una claridad que me obliga a detenerme.
Me aparto.
—¿Pasa algo? —pregunta, confundida.
La miro de verdad por primera vez. No hay culpa en sus ojos, solo expectativa. Está aquí para ocupar un lugar que ya no está vacío… y no lo sabe. Niego, miento con la misma facilidad con la que siempre lo hice, pero esta vez la mentira no alcanza ni para mí. Pasa todo. Pasa que no puedo seguir fingiendo, que mi cuerpo responde sin convicción, que la costumbre se rompió y no sé cómo volver a armarla.
La noche se disuelve sin gloria. Ella se va poco después, con una despedida correcta, sin drama, sin reproches. Como siempre fue. Y por primera vez, eso no me alivia.
Me quedo solo en la casa, con un silencio demasiado presente. Camino por los espacios amplios, por habitaciones que hoy se sienten más grandes de lo habitual, más ajenas. Sirvo otro whisky, pero no lo termino. Apoyo el vaso y me acerco al ventanal. La ciudad sigue ahí, obediente, brillante, funcionando con la precisión de siempre.
Yo no.
Intenté volver a mi patrón. Intenté usar el cuerpo como distracción, imponer el hábito sobre lo que cambió. Y fracasé. No fue deseo lo que me faltó. Fue indiferencia. Y lo que más me inquieta no es haber fallado, sino saber exactamente cuándo ocurrió la ruptura.
No fue cuando Dasha se fue de mi casa. Fue cuando no me necesitó para hacerlo.
Apoyo la frente contra el vidrio frío y cierro los ojos, repitiéndome un discurso que ya no suena convincente. Esto no es una obsesión. No es apego. No es nada que no pueda controlar. Pero por primera vez en mucho tiempo, mis propias palabras suenan huecas.
Porque el patrón no falló por desgaste. Falló porque alguien lo atravesó. Y ahora no sé cómo volver a ser el hombre que se iba ileso de todas las camas. Ni estoy seguro de querer serlo.