El día empieza con una inercia distinta, aunque desde afuera no lo parezca.
Llego a la empresa temprano, antes de que el edificio termine de desperezarse del todo. El lobby aún huele a limpieza reciente y a café recién hecho, una combinación que siempre me resultó tranquilizadora. Camino con paso firme, saludando lo justo, dejando que la rutina haga su trabajo: recordarme quién soy cuando todo funciona como debe.
La mañana avanza con reuniones encadenadas, pero no repetidas. Un nuevo acuerdo con un proveedor europeo exige atención absoluta. No es una fusión menor, sino una expansión estratégica: piezas clave para el nuevo modelo que estamos desarrollando, un vehículo que no solo busca competir, sino redefinir el segmento. Escucho, corto, corrijo, ajusto términos. No levanto la voz. No hace falta. Cuando firmo, lo hago con la seguridad de quien sabe que cada movimiento deja una huella concreta.
Los números cierran. Los plazos también.
Todo funciona.
Entre una reunión y otra, paso frente a la oficina de Dasha sin mirar dentro. Es deliberado. No porque no quiera verla, sino porque hacerlo implicaría aceptar que todavía pesa más de lo que debería. Mantengo la distancia como siempre hice con todo aquello que amenaza con desordenarme. Profesional. Frío. Eficiente.
Al mediodía, una llamada desde Milán complica ligeramente el cronograma. Resuelvo en minutos lo que a otros les tomaría semanas. Es en esos momentos cuando recuerdo por qué llegué hasta aquí, por qué el control siempre fue mi idioma natural. Cuando termino, cuelgo y apoyo ambas manos sobre el escritorio un segundo más de lo necesario.
No pienso en ella.
O eso me digo.
La tarde continúa con un ritmo sostenido. Recorro un par de pisos, intercambio palabras breves con directores de área, reviso avances del proyecto automotriz. Hay una sensación de avance real, tangible, y eso debería bastar. De hecho, suele bastar.
Hasta que algo rompe el patrón.
Estoy cruzando el lobby rumbo a una reunión informal cuando una escena detona en el borde de mi atención. No es un ruido ni una voz elevada lo que me alerta, sino la tensión visible en dos cuerpos demasiado cerca.
Dasha está de espaldas a mí, junto a los ascensores secundarios. Frente a ella, Sergei Novikov. Su presencia es imposible de ignorar incluso sin conocerlo en profundidad: ocupa el espacio con una autoridad áspera, casi invasiva. No sonríe. No gesticula de más. Habla bajo, inclinado hacia ella, lo suficiente como para acorralarla sin hacerlo evidente.
No escucho las palabras.
No las necesito.
Veo el gesto.
Sergei le toma el brazo con fuerza contenida, no lo suficiente como para provocar un escándalo, sí lo bastante como para marcar dominio. Dasha intenta soltarse con un movimiento controlado, sin llamar la atención, pero él aprieta apenas más. Dice algo que hace que ella endurezca la mandíbula y desvíe la mirada un segundo.
El pulso me sube de golpe.
No pienso. No evalúo. No recuerdo ninguna de las razones por las que decidí ignorarla ese día. El cuerpo se mueve antes que la cabeza, y cuando soy consciente de ello, ya estoy interponiéndome entre ambos.
—Suéltala.
Mi voz sale baja, firme, cortante. No es una sugerencia. Es una orden.
Sergei alza la vista por primera vez, sorprendido apenas un segundo. Lo suficiente para que Dasha se libere y retroceda medio paso. Sus ojos se cruzan con los míos, cargados de una advertencia que no me intimida.
—¿Algún problema? —pregunta, con una calma falsa.
—Sí —respondo—. Aquí no.
El aire se espesa alrededor. Algunos empleados bajan la mirada y siguen su camino. Dasha permanece quieta, respirando hondo, como si estuviera conteniendo algo más grande que la escena.
—Esto no te concierne, Guerra —continúa Sergei—. Es un asunto privado.
—No cuando ocurre en mi empresa —replico, sin apartar la mirada—. Y no cuando alguien pone las manos donde no debe.
Sergei sonríe apenas, una mueca peligrosa.
—Cuida tu tono.
—Cuida el tuyo —le devuelvo—. Y baja la mano.
El silencio se prolonga lo suficiente como para que entienda que está midiendo fuerzas. Finalmente, retrocede un paso, controlado, como si la retirada fuera una decisión propia.
—Hablaremos luego —le dice a Dasha, sin mirarla del todo.
Ella no responde.
Sergei se aleja con pasos calculados, sin volver la cabeza. El lobby retoma su pulso normal, pero algo quedó fuera de eje.
—¿Estás bien? —pregunto, girándome hacia ella.
Asiente, aunque el gesto es automático, aprendido.
—No tenías que hacer eso —dice en voz baja.
—Sí —respondo—. Tenía.
Me observa con una mezcla de tensión y cansancio.
—No es tan simple.
—Nunca lo es —admito.
Se recompone rápido, demasiado rápido. Endereza la espalda, vuelve a colocarse la máscara profesional con una precisión que duele ver.
—Gracias —dice finalmente—. Pero no vuelvas a intervenir.
—Si vuelve a tocarte —respondo, sin suavizar la voz—, no me lo pidas.
Dasha me sostiene la mirada un segundo más de lo habitual. Hay algo en sus ojos que no alcanzo a leer del todo.
—Esto no es un juego, Matías —dice—. No para mí.
—Nunca lo fue —contesto.
Se aleja sin esperar respuesta. La sigo con la mirada hasta que desaparece entre los pasillos de cristal.
Intenté protegerme ignorándola.
Intenté mantener el día bajo control.
Intenté convencerme de que no era asunto mío.
Y aun así, cuando vi a otro hombre imponer su fuerza sobre ella, supe algo con una claridad que no me dio opción:
Hay líneas que no se cruzan. Y hay hombres que no deberían olvidar eso.
No sé qué es Dasha para mí. Pero sí sé que Sergei acaba de cometer un error. Y yo… yo ya no pienso mirar hacia otro lado.