NO TENER EL CONTROL

679 Words
La noche no me devuelve nada. La mansión permanece igual de impecable que siempre, silenciosa, controlada, obediente. Las luces se encienden con precisión cuando entro, el sistema responde sin fallas, el mármol devuelve el eco exacto de mis pasos. Todo funciona como debe. Todo está donde lo dejé. Y, sin embargo, no encuentro el centro. Intento mover el cuerpo para callar la cabeza. Bajo al gimnasio privado, aumento la intensidad de la rutina más de lo habitual, fuerzo el ritmo, el pulso, la respiración. El sudor corre, los músculos responden, la tensión física se acumula… pero no se libera. Paso a la piscina, me sumerjo, dejo que el agua fría me envuelva, que el silencio subacuático me aisle de todo. No sirve. No hay descarga. No hay orden. No hay reemplazo posible para lo que no entiendo. El ascensor vuelve sin permiso. Su voz. La cercanía. Ese gesto mínimo, calculado, exacto. No fue provocación abierta. Fue algo peor: decisión. Me acuesto tarde. Duermo mal. Y cuando despierto, la sensación persiste. No es deseo. Es desajuste. En la empresa, el día comienza con una normalidad quirúrgica. Reuniones, proyecciones, llamadas que se suceden sin pausa. Hablo de cifras, de plazos, de estrategias. Tomo decisiones rápidas, certeras. La estructura responde. Los equipos avanzan. Todo funciona. Ella también. Dasha está exactamente donde debe estar. Impecable. Distante. Profesional hasta el último detalle. No hay rastros de la noche anterior en su conducta. No hay miradas prolongadas. No hay silencios cargados. No hay gestos que puedan interpretarse de más. Habla de números como si nada más existiera. —El margen proyectado se sostiene si ajustamos este tramo —dice en una reunión—. De lo contrario, el riesgo se traslada al tercer trimestre. No tiembla. No duda. No busca aprobación. La observo sin que lo note. Cada movimiento es medido, cada palabra exacta. No invade. No se repliega. Simplemente cumple. Y esa corrección absoluta me inquieta más que cualquier provocación. Porque anoche fue real. Y hoy no existe. Empiezo a notar detalles que no debería estar registrando: cómo recoge el cabello cuando se concentra, cómo evita cruzar miradas innecesarias, cómo su cuerpo mantiene una distancia precisa, imposible de cuestionar sin quedar fuera de lugar. Por primera vez, soy yo quien espera algo que no ocurre. No un gesto. No una palabra. Ni siquiera una confirmación silenciosa de lo que pasó. Nada. La incomodidad se instala de a poco, como una presión constante bajo la piel. No puedo reclamar nada. No tengo derecho a hacerlo. Y aun así, algo en mí se resiste a aceptar que todo haya sido… unilateral. En una reunión avanzada, Dasha toma una decisión sin consultarme. Es correcta. Eficiente. Impecable. —Avancé con el ajuste —dice—. Era lo más conveniente para evitar demoras. La escucho. Analizo. No hay fisuras en su planteo. —Está bien —respondo—. Procede. Asiente y continúa como si nada más importara. Y ahí lo entiendo. No me está desafiando. No me está provocando. No me está usando. Está haciendo su trabajo. Y eso me deja sin terreno. Porque no puedo acusarla de nada. No puedo reducirla a una estrategia, ni a una reacción, ni a una respuesta emocional. No puedo leerla como una jugada mía. Dasha Steiger no gira alrededor de mí. Yo soy el que empieza a girar alrededor de algo que no controla. Cuando el día termina, no hay despedidas especiales. No hay cruces. No hay escenas. Cada uno sigue su camino como si el ascensor nunca hubiera existido. Pero mientras me quedo solo en mi oficina, con la ciudad extendiéndose detrás del cristal, una verdad se impone con una claridad incómoda: No fue el acercamiento lo que me descolocó. Fue la retirada perfecta. Porque en ese gesto —en volver al lugar exacto donde no puedo tocarla, ni nombrarla, ni reclamarla— hay una fuerza que no responde a mis reglas. Y por primera vez en mucho tiempo, empiezo a sospechar que el verdadero peligro no es perder el control sobre ella… Sino descubrir que nunca lo tuve.
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