Salgo de la empresa cuando la noche ya se instaló del todo.
El edificio está casi vacío. A esta hora, Guerra Enterprises deja de ser un organismo vivo y se convierte en una estructura silenciosa, contenida, como si también necesitara bajar la guardia. Camino con el paso firme de siempre, la mente aún ocupada en pendientes que no requieren atención real. La decisión sigue vigente: distancia, frialdad, control.
Las puertas del ascensor están a punto de cerrarse cuando una mano se interpone entre ellas.
Se detienen.
Dasha entra.
No parece apurada. Tampoco sorprendida de encontrarme ahí. Lleva el cabello suelto, cayéndole sobre los hombros con una naturalidad distinta a la de la oficina. El vestido que usa es sobrio, adecuado para el trabajo, pero más liviano, más cercano al cuerpo. En Miami no hace falta nada más. La piel expuesta en los brazos y el cuello capta la luz del ascensor de una forma que no busca llamar la atención… y aun así lo hace.
Las puertas se cierran.
Estamos solos.
El silencio se instala de inmediato, pero no es neutro. Es denso. Cargado. Como si el espacio se hubiera estrechado solo para obligarnos a sentir la cercanía. Aprieto el botón del estacionamiento sin mirarla.
—Pensé que ya te habías ido —dice.
Su voz no suena tensa. Tampoco casual. Suena consciente. Medida.
—Suele pasar —respondo—. Me quedo hasta tarde.
No es una invitación a seguir hablando. Ella lo sabe.
Se apoya apenas en la pared del ascensor, girando el cuerpo lo justo para quedar frente a mí. No invade. No se aleja. Se coloca exactamente donde su presencia pesa.
—Yo también —dice—. Hoy.
El ascensor comienza a descender con una lentitud casi provocadora. Puedo percibir su perfume, algo sutil, limpio, con un fondo más oscuro que se queda suspendido en el aire. No es invasivo. Es persistente.
No digo nada.
Dasha inclina la cabeza apenas, observándome como si evaluara algo que ya decidió. Sus ojos recorren mi rostro sin prisa, deteniéndose en la mandíbula tensa, en la forma en que mantengo los hombros rectos, en ese gesto controlado que rara vez se me cae.
—¿Siempre te vas así? —pregunta—. Sin mirar atrás.
La miro entonces.
—Funciona —respondo.
—No siempre —dice, con suavidad.
Hay algo distinto en su manera de hablar. No está a la defensiva. Tampoco desafiante. Está segura. Demasiado segura para alguien que, hace horas, evitaba cualquier cercanía.
Da un paso más cerca.
No me toca. No hace falta. El espacio entre nosotros se reduce lo suficiente como para que el cuerpo registre la proximidad antes que la razón. Siento el calor de su piel, el leve cambio en su respiración.
—Hoy me evitaste —dice, sin reproche.
—Trabajo —respondo.
—Excusa —corrige, tranquila.
El ascensor sigue bajando. Cada piso que pasa se siente como una cuenta regresiva que no pedí.
—No me gusta mezclar las cosas —digo.
—¿Qué cosas? —pregunta.
Sostengo su mirada.
—Las que no se pueden controlar.
Por un instante, una sonrisa lenta cruza su rostro. No es amable. Es consciente del efecto que provoca.
—Entonces deberías mantener más distancia —dice—. Y sin embargo…
Se inclina apenas hacia adelante. Lo suficiente para que su voz baje, para que quede solo entre nosotros.
—No lo estás haciendo.
La tensión me recorre el cuerpo de forma seca, directa. No es deseo inmediato. Es alerta. Es el reconocimiento incómodo de que el eje se desplazó sin que yo lo empujara.
—Ten cuidado, Dasha —digo.
No es una advertencia para ella. Es para mí.
—Siempre lo tengo —responde—. Por eso sé cuándo acercarme… y cuándo no.
Su mano se eleva despacio y acomoda la solapa de mi saco, un gesto mínimo, casi profesional, como si estuviera corrigiendo un detalle que no existe. Sus dedos rozan mi pecho apenas un segundo más de lo necesario.
El contacto es breve. El efecto no.
El ascensor se detiene.
Las puertas se abren.
El aire cambia de inmediato.
—Buenas noches, Matías —dice, retrocediendo justo a tiempo.
Sale sin mirar atrás, caminando con una seguridad que no necesita confirmación. No apresura el paso. No se detiene. Me deja ahí, con el cuerpo tenso y la certeza incómoda de que algo se movió sin mi autorización.
Me quedo dentro del ascensor un segundo más de lo necesario.
Inmóvil.
No porque no sepa qué hacer.
Sino porque, por primera vez, no fui yo quien marcó el ritmo.
Dasha Steiger no solo se acercó esta noche.
Eligió hacerlo.
Y esa elección —esa inversión silenciosa del poder— me deja con una verdad imposible de ignorar:
Esto ya no es una persecución unilateral. Ya no es solo control.
Ahora es un juego.
Y ella acaba de mover primero.