PONER DISTANCIA

833 Words
Despierto con una decisión tomada antes de abrir los ojos. No la busco. No la miro. No la nombro. El sueño dejó una marca que no debería existir, una fisura que no encaja en mi forma de operar. No fue el deseo lo que me inquietó —eso lo conozco bien—, sino la forma en que apareció. Sin permiso. Sin control. En un territorio que siempre consideré inaccesible. Eso la convierte en un riesgo. Y los riesgos no se enfrentan de frente cuando todavía no se entienden. Se contienen. Se evitan. Llego a la empresa como siempre: puntual, impecable, enfocado. El día comienza con reuniones encadenadas, decisiones rápidas, conversaciones técnicas que no admiten distracciones. Hablo más de lo necesario, reviso detalles que otros pasarían por alto, mantengo la mente ocupada como una forma de defensa. Cada movimiento es correcto. Cada palabra, medida. Funciona. Hasta que no lo hace. Evito pasar por la puerta de su oficina. Cambio rutas internas sin que nadie lo note. Le pido a Anna que canalice información que normalmente habría revisado yo mismo. Si aparece su nombre en algún correo, lo dejo para después. No es evasión infantil. Es estrategia. No necesito verla para saber que sigue ahí. Y aun así, la siento. No como presencia física, sino como una alteración mínima en el orden del día. Algo que no debería afectar… pero afecta. Es cerca del mediodía cuando empiezo a notar el cambio. Dasha se mueve distinto. No en lo profesional. Ahí sigue siendo precisa, eficiente, intachable. Pero hay algo en su manera de recorrer los pasillos, en cómo se detiene demasiado tiempo frente a una ventana, en la forma en que su mirada se pierde sin fijarse en nada concreto. No parece distraída. Parece contenida. Como si llevara demasiado tiempo sosteniendo algo que empieza a pesarle. La veo desde lejos, sin que me vea. Está en una de las salas laterales, de pie, con el teléfono en la mano. No puedo escuchar lo que dice, pero reconozco el lenguaje corporal de quien se esfuerza por no romperse. Los hombros rígidos. La mandíbula apretada. El gesto casi inconsciente de llevarse una mano al cuello, como si el aire no entrara del todo. Corta la llamada de manera brusca y se queda inmóvil unos segundos, mirando la pantalla apagada. Luego levanta la vista y me ve. No sonríe. No se tensa. Simplemente me mira. Y camina hacia mí. El primer impulso es retroceder. Literalmente. Dar media vuelta. Recordar la decisión de la mañana. Pero algo en su expresión —no vulnerable, no frágil, solo cansada— me detiene. —¿Tienes un minuto? —pregunta. No es una invitación. No es una excusa. Es una petición honesta. —Ahora no es buen momento —respondo, automático. No es mentira. Tampoco es toda la verdad. Asiente, como si lo esperara. Da un paso atrás. Pero no se va. —Entiendo —dice—. Solo pensé que quizá podríamos revisar unas proyecciones juntos más tarde. Trabajo. Siempre vuelve al trabajo cuando necesita justificar lo que no quiere explicar. —Mándamelas por correo —respondo. El silencio que sigue es incómodo. No por tensión evidente, sino por algo más denso. Algo que ninguno de los dos nombra. —Está bien —dice al fin. Se gira para irse, y es entonces cuando lo noto: el leve temblor en sus manos, el esfuerzo consciente por mantener la compostura. No está acercándose con una intención clara. No parece buscar nada concreto. Solo… espacio. Eso es lo que me inquieta. Porque no sé qué es lo que la empuja. No sé qué está ocurriendo. No sé qué lugar podría ocupar yo en todo eso. Y no saber es una debilidad que no me permito. La observo alejarse con una sensación incómoda instalada en el pecho. No es culpa. No es deseo puro. Es la certeza de que algo se está moviendo en direcciones que no controlo, que no planeé, que no puedo anticipar. El resto del día transcurre sin incidentes visibles. Cumplo con cada obligación. Respondo llamadas. Cierro acuerdos. Pero la imagen persiste: Dasha frente a la ventana, conteniéndose; Dasha caminando hacia mí y deteniéndose a medio camino; Dasha pidiendo un minuto que no supe darle. No sé por qué se acerca. No sé de qué huye. No sé qué carga. Y eso es precisamente lo que la vuelve peligrosa. Porque cuando alguien se acerca sin pedir nada explícito, sin explicar sus motivos, sin mostrarse del todo… no hay reglas claras. Al final del día, cuando el edificio empieza a vaciarse, tomo una decisión silenciosa: mañana mantendré más distancia. Más frialdad. Más control. No puedo permitir que Dasha Steiger se convierta en una variable emocional. Ni para ella. Ni para mí. Pero mientras abandono la empresa, con la noche cayendo sobre la ciudad, hay una verdad que no logro ignorar: No entenderla no me tranquiliza. Me inquieta. Y esta vez, alejarme no garantiza que vuelva a sentir que todo está bajo control.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD