LUGARES PROHIBIDOS

797 Words
Ella está ahí. No hay llegada ni explicación. No hay antes. No hay contexto. Solo su presencia ocupando el espacio con una naturalidad que me desarma. Está demasiado cerca, lo suficiente como para que el cuerpo reaccione antes que la razón. El aire es tibio, espeso, cargado de una tensión que no necesita palabras ni permiso. Dasha me observa sin la distancia habitual, sin esa frialdad calculada que siempre interpone entre nosotros. Aquí no se protege. Aquí no levanta muros. Aquí no hay defensas. Aquí no hay límites visibles. La luz es baja, envolvente, casi íntima, y cae sobre su piel como si la conociera de memoria. No puedo precisar el lugar. No importa. El mundo se reduce a ella, a la forma en que ocupa el espacio que siempre mantengo vacío. Su vestido —oscuro, ajustado— deja de ser una barrera y se convierte en una concesión lenta, deliberada. La tela se desliza cuando se mueve, marcando cada curva con una precisión cruel, como si supiera exactamente qué provocar. La sigo con la mirada mientras se acerca, o mientras soy yo quien se acerca a ella; no lo sé con certeza. El tiempo pierde sentido. Se pliega. Obedece. No me detengo. No pienso. Me acerco con una seguridad que no cuestiono. Mis manos encuentran su cintura y la reclaman de inmediato: firme, caliente, indiscutiblemente real. La presión es exacta, la misma que siempre funciona, la que impone sin pedir. Esta vez no se aparta. Al contrario, su cuerpo responde, se acomoda al mío con una naturalidad que me desarma más que cualquier resistencia. Alza el mentón cuando estoy frente a ella, obligándome a mirarla. Sus ojos no esquivan. No desafían. Invitan. Hay algo oscuro ahí, algo abierto, algo que no me rechaza ni me pone a prueba. —¿Esto es lo que querías? —dice. Su voz no acusa. Concede. La beso. No como beso a las mujeres que pasan por mi cama. No hay prisa ni urgencia de descarga. Hay intención. Mi boca reclama, marca, insiste con una profundidad que no reconozco como propia. Es un beso que busca borrar, que busca imponer, que quiere apropiarse de algo más que un cuerpo. Dasha responde con la misma intensidad, sin perder el control, eligiendo. Sus manos suben por mi espalda, me recorren, me sostienen como si supiera exactamente dónde tocar para anclarme. La acerco más. Demasiado. Siento su piel reaccionar bajo mis manos, el calor, la tensión contenida que se libera con cada roce lento, deliberado. La empujo contra una superficie que no identifico. No importa. Importa cómo su cuerpo se arquea contra el mío, cómo su respiración se acelera, cómo mi nombre se le escapa de los labios con una suavidad que me atraviesa de lado a lado. —Matías… Ese sonido me desarma por completo. No hay cálculo. No hay estrategia. La quiero más cerca, más mía, más presente. Mis manos recorren, toman, afirman, como si necesitara memorizarla a través del contacto. Cada movimiento es una toma de poder… y al mismo tiempo una rendición que no entiendo del todo. Aquí no es una meta. No es una conquista más. Es una necesidad. La sostengo, la giro, la reclamo. Su cuerpo se adapta al mío sin resistencia, sin miedo, con una entrega que no se siente sumisa, sino consciente. No hay palabras innecesarias. Solo piel, calor, respiraciones que se buscan, que se mezclan. La miro y lo entiendo con una claridad peligrosa: hay cosas que no se pueden poseer del todo. Y eso es lo que más me consume. —No te escondas —le digo, con la voz baja, cargada. Dasha sonríe apenas. Una sonrisa lenta, cargada de algo que no me pertenece. —No lo hago —responde—. Eres tú el que siempre despierta antes. El mundo se resquebraja. El calor se disuelve. La luz cambia. Su cuerpo empieza a alejarse, a perder peso, a volverse menos sólido. Intento retenerla, afirmarla, reclamarla otra vez, pero mis manos ya no encuentran piel, solo aire. —Dasha —digo. No responde. Abro los ojos de golpe. Estoy solo, en mi cama, con la respiración irregular y el cuerpo tenso por una sensación que no termina de desaparecer. La habitación está en penumbra. El silencio es absoluto. Me incorporo despacio, paso una mano por el rostro, intentando anclarme en la realidad, en el frío de las sábanas, en el peso de mi propio cuerpo. Fue un sueño. Y lo entiendo con una certeza que me incomoda más que cualquier deseo. Es la primera vez que una mujer me sigue hasta aquí. Hasta donde no mando. Hasta donde no controlo. Dasha Steiger no solo entró en mis planes. Entró en mis sueños. Y eso cambia algo que todavía no sé cómo contener.
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