El día laboral se despliega con la precisión que siempre lo define.
Reuniones encadenadas, pantallas llenas de cifras que cambian en tiempo real, acuerdos que se cierran con un apretón de manos medido y silencios que pesan más que cualquier palabra. Hablo de inversiones, de producción, de riesgos calculados. Escucho sin distraerme, respondo sin titubear, decido sin margen para la duda. Es un terreno que conozco bien, uno en el que sé moverme sin esfuerzo.
Y aun así, algo se mantiene fuera de ese engranaje perfecto.
Cuando la última reunión termina y regreso a mi oficina con la intención de cerrar el día, el pasillo está casi vacío. El silencio se siente distinto a esta hora, más largo, más personal. Paso frente a la oficina de Dasha sin pensar… y me detengo.
La puerta está entreabierta.
Dasha está de pie frente al ventanal que da a la ciudad. Miami se extiende ante ella como una postal luminosa y distante. No está trabajando. No se mueve. Sus hombros están rígidos, tensos, y entonces lo noto: el leve temblor contenido en su respiración, la mano que sube rápido al rostro para borrar cualquier rastro de debilidad.
Está llorando.
No de forma abierta. No de manera que pida ser vista. Es un llanto silencioso, disciplinado, de los que se permiten solo cuando no hay testigos. Ese detalle me incomoda más de lo que debería.
Estoy a punto de seguir de largo cuando su voz me detiene.
—Matías.
Se gira. Ya recompuesta, aunque sus ojos aún están enrojecidos.
—¿Tienes un momento? —pregunta—. ¿Podemos ir por un café?
No hay cálculo en su tono. No hay seducción. Es una petición simple, casi torpe, impropia de la mujer firme que he visto estos días. Asiento.
—Claro.
Caminamos unas cuadras hasta un café pequeño, discreto, lejos del ruido de la empresa. El lugar no pretende impresionar a nadie: mesas de madera, luz cálida, conversaciones bajas. Un sitio donde nadie espera nada de ti.
Nos sentamos cerca de la ventana. Ella pide un café solo. Yo también. Durante unos segundos no hablamos. No es incómodo. Es necesario.
—No suelo hacer esto —dice al fin—. Salirme del horario, improvisar.
—Se nota —respondo—. Eres de estructuras firmes.
Esboza una sonrisa breve.
—Aprendí a serlo muy pronto.
No pregunto por qué. Dejo que sea ella quien marque el ritmo.
—Rusia es así —continúa—. Incluso cuando no te das cuenta, te educa para resistir. Para no mostrar demasiado. Para no depender de nadie.
—He estado allí —digo—. Moscú, San Petersburgo. Lugares imponentes… y duros.
Levanta la vista, sorprendida.
—¿Te gustó?
—No sé si “gustar” es la palabra —respondo—. Pero lo entendí. Hay ciudades que no buscan agradarte, solo imponerse. Funcionan bajo sus propias reglas.
Asiente lentamente.
—Mi padre siempre decía que Rusia no te enseña a soñar —dice—. Te enseña a sobrevivir.
—Y aun así te fuiste.
—No por elección —responde—. Por necesidad.
Hay algo en su forma de decirlo que me resulta familiar.
—He vivido en muchos lugares —comento—. Europa, Asia, América Latina. Siempre por trabajo. Siempre de paso.
—¿Y nunca te quedaste?
—Nunca lo necesité.
Me observa con atención, como si esa respuesta le dijera más de lo que esperaba.
—Eso también es una forma de huir —dice, sin dureza.
Sonrío apenas.
—O de no permitir que nada se vuelva imprescindible.
El café avanza, y con él una conversación que se vuelve más suelta. Hablamos de ciudades que despiertan nostalgia sin haber sido hogar, de aeropuertos que se parecen demasiado entre sí, de cómo ciertos paisajes se te quedan en la piel aunque no los reclames como propios.
Dasha se relaja poco a poco. Sus hombros bajan, su voz se suaviza. No menciona lo que le ocurre, ni yo se lo pido. Para ella, este momento es una distracción. Para mí, es una oportunidad.
—No eres como pensaba —dice en un momento.
—¿Eso es bueno o malo?
—Todavía no lo sé —responde—. Pero es distinto.
—Lo distinto suele incomodar —digo—. O atraer.
No responde de inmediato. Bebe un sorbo, me observa por encima de la taza.
—Para mí —dice—, hoy solo eres alguien que no me hizo preguntas que no estaba lista para responder.
Asiento.
—A veces saber cuándo callar también es una habilidad.
Cuando regresamos a la empresa, la tarde ya se inclina hacia el final. Antes de separarnos en el pasillo, se detiene un segundo.
—Gracias por el café —dice—. Me ayudó más de lo que crees.
—Cuando quieras —respondo—. A veces salir del esquema es la única forma de sostenerlo.
Me dedica una mirada distinta. No abierta. No cercana. Pero menos cerrada.
La veo alejarse hacia su oficina, con el paso más liviano que cuando la encontré frente al ventanal. Yo regreso a la mía con la misma claridad de siempre.
Para ella, esto fue una pausa. Para mí, fue un movimiento más dentro de un plan que avanza sin prisa.
Y como todo lo que vale la pena conquistar, no necesita urgencia… solo constancia.