CONTROL

743 Words
La noche cae sobre la mansión sin estruendo, como todo en mi vida cuando funciona como debe. Las luces se encienden en los puntos justos, el silencio se acomoda en cada espacio y la casa vuelve a ser ese territorio neutral donde nada me exige más de lo que estoy dispuesto a dar. Entro, dejo atrás el mundo exterior y todo se ordena con una facilidad que solo existe cuando no hay nadie más involucrado. Ceno poco, casi por inercia. El cuerpo recibe lo necesario y nada más. No busco placer, solo continuidad. Después, el movimiento llega solo, como si no fuera una decisión sino una extensión natural del día. El gimnasio me envuelve con su aire limpio, con esa calma que solo existe cuando todo depende de uno mismo. El esfuerzo borra los bordes del pensamiento; el cansancio es una forma de silencio. Cada músculo responde, cada límite se estira apenas un poco más. El cuerpo obedece. Siempre lo hace. Más tarde, el agua de la piscina apaga el ruido interno. Al sumergirme, todo se reduce al ritmo: avanzar, respirar, seguir. Bajo la superficie no hay nombres ni recuerdos, solo la repetición exacta de un movimiento que conozco de memoria. El frío mantiene a raya cualquier intento de distracción. Aquí no hay dudas. Aquí mando yo. Cuando salgo, el cansancio es el justo. Nunca más. Nunca menos. La rutina continúa sin cortes: secarme, cambiarme, subir. El ventanal del dormitorio muestra la ciudad a lo lejos, iluminada y distante, como algo que existe sin necesitarme. Todo está quieto. Todo está bajo control. Me acuesto y el sueño llega rápido, pesado, sin transición. Y entonces deja de obedecerme. No hay inicio claro. Las imágenes se filtran como agua por una g****a: una puerta cerrándose con violencia, un sonido seco que no necesita contexto, voces que no logro ubicar pero que el cuerpo reconoce. La sensación es siempre la misma: estar atrapado justo antes de que algo ocurra, sabiendo que no puedo evitarlo. Intento moverme y no puedo. El peso vuelve al pecho, idéntico al de siempre, como si el tiempo no hubiera pasado. No hay edad en ese momento, solo miedo antiguo, aprendido demasiado pronto. Alguien ordena. Alguien calla. Alguien entiende que sobrevivir es obedecer. Las escenas cambian sin lógica. Espacios grandes, vacíos. Silencio prolongado. Nadie entra. Nadie pregunta. Nadie protege. No es solo abandono; es la certeza de que estás solo y que esa soledad no es temporal. Quiero despertar, pero el sueño no me suelta. Entre las sombras aparece una imagen que no debería estar ahí. Ojos firmes. Una presencia que no retrocede. No despierta emoción; despierta tensión. No es refugio, es desafío. Algo que la mente toma y fija, como si pudiera usarlo para anclarse y no perderse del todo. La presión aumenta. Ese segundo eterno antes del impacto. Despierto de golpe. El aire entra a los pulmones de forma irregular, el corazón golpea con fuerza, el sudor enfría la piel. Tardo unos segundos en reconocer el techo, la altura, el silencio. Estoy en mi cama. En mi casa. Solo. Me incorporo despacio. El suelo frío bajo los pies me devuelve al presente. Camino hasta el baño y me observo en el espejo. El reflejo es el de siempre: un hombre entero, controlado, imposible de leer. Nadie vería las grietas si no supiera dónde mirar. No vuelvo a acostarme. Bajo, sirvo agua, bebo despacio. Apoyo las manos sobre el mármol y cierro los ojos un instante. Las imágenes se retiran, pero no desaparecen. Se repliegan. Esperan. Es por eso que no me permito necesitar. Es por eso que el deseo nunca se mezcla con el afecto. Es por eso que cuando algo se resiste, mi mente lo toma como punto fijo, como objetivo, como forma de no perder el control. Aprendí muy temprano que sentir es exponerse. Y exponerse es quedar vulnerable. Miro la hora. Falta poco para que amanezca. Mañana Dasha Steiger entrará a mi mundo laboral. No como una cercanía, no como una amenaza emocional. Como un foco. Un punto donde concentrar la atención, donde demostrarme que sigo decidiendo, que sigo imponiendo orden cuando algo intenta desestabilizarlo. No la necesito cerca. La necesito resuelta. Enderezo la espalda, como si el gesto cerrara lo que quedó abierto. Cuando salga el sol, volveré a ser el de siempre. El que manda. El que ejecuta. El que controla. Y mientras tenga un objetivo claro frente a mí, todo lo demás puede esperar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD