GUERRA DE PODERES

962 Words
Al día siguiente: La mañana avanza sin sobresaltos. Reuniones encadenadas, decisiones rápidas, firmas que no requieren debate. El día responde como debe, con esa obediencia silenciosa que siempre me recuerda por qué este edificio funciona como una extensión de mí mismo. Cuando algo importa de verdad, no se improvisa; se ejecuta. Y hasta ahora, todo sigue ese patrón. No la busco de inmediato. No porque no sepa que está aquí, sino porque quiero que el encuentro ocurra cuando yo lo decida. Dasha Steiger no es una urgencia. Es una variable. Y las variables se observan antes de intervenirlas. Es después de la tercera reunión, cuando el piso ejecutivo recupera su ritmo habitual, que Anna entra a mi oficina. —La señorita Steiger ya está instalada —dice—. Revisó los accesos, pidió los reportes financieros y solicitó una reunión contigo cuando tengas disponibilidad. Asiento sin levantar la vista de la pantalla. —Dile que pase en veinte minutos. No es una prueba. Es una afirmación de jerarquía. Cuando llega el momento, soy yo quien cruza el pasillo de cristal. La puerta de su oficina está entreabierta. Dasha no está mirando el reloj ni el teléfono. Está concentrada frente a la pantalla, rodeada de proyecciones, estados de costos, escenarios de inversión. No hay planos técnicos ni esquemas mecánicos: hay números, márgenes, riesgos medidos en porcentajes. Golpeo una vez, lo justo para anunciarme. Levanta la vista. No hay sorpresa. No hay nervios. Solo atención inmediata, precisa. —Matías —dice—. Adelante. Usa mi nombre. No un título. No un cargo. Lo registro, pero no lo marco. Entro y cierro la puerta detrás de mí sin prisa. La oficina es sobria, funcional, pensada para trabajar. Todo está ordenado con una lógica clara: gráficos abiertos, flujos de capital proyectados, simulaciones de retorno. No invade el espacio. Lo domina desde la información. —Espero no interrumpirte —digo. —No lo haces —responde—. Justamente estaba ajustando los escenarios financieros del proyecto. Me acerco al escritorio. Reconozco de inmediato el núcleo del acuerdo. —El modelo que fabricaremos juntos —comento—. —Exacto —dice—. Guerra Enterprises se encarga del diseño, la fabricación estructural, el ensamblaje final y toda la tecnología integrada. Señala la pantalla sin dramatismo. —Nuestra empresa aporta componentes clave del vehículo —continúa—, pero mi rol está en otra parte: costos, inversión, márgenes, viabilidad a largo plazo. La observo con más atención. —Eres quien decide si el proyecto vive o muere —digo. —Soy quien evita que se convierta en una pérdida disfrazada de ambición —responde—. No titubea. No se justifica. —Este auto no puede sostenerse solo por diseño o potencia —continúa—. Necesita equilibrio financiero real. Si el costo de producción se dispara, el modelo fracasa antes de llegar al mercado. —Guerra Enterprises no suele permitir que alguien externo tenga tanto acceso —le digo. —Lo sé —responde—. Pero este acuerdo no es simbólico. Es una sociedad. Y en una sociedad, alguien tiene que vigilar que el entusiasmo no se coma los números. Inclino la cabeza apenas, evaluándola. —Vas rápido —comento. —No me gusta perder tiempo —dice—. Menos cuando hay millones en juego. No habla como alguien que quiera impresionar. Habla como alguien acostumbrado a decidir. —Aquí las decisiones finales las tomo yo —le recuerdo. —Lo sé —responde—. Pero una mala decisión, incluso tomada desde arriba, sigue siendo una mala inversión. Silencio. No es desafío abierto. Es solidez. Me apoyo en el borde del escritorio, invadiendo apenas su espacio. No lo suficiente para que pueda acusarlo. Lo justo para que lo note. —Entonces quieres límites claros —digo—. —Quiero reglas —responde—. Saber hasta dónde llega mi responsabilidad y dónde empieza la tuya. Lo contrario siempre termina en fricciones innecesarias. Ahí está el juego real. No el técnico. No el financiero. El de poder. —Eso dependerá de resultados —respondo—. Y de qué tan bien se alineen tus proyecciones con la realidad operativa. —Mis proyecciones no se alinean —dice—. Se imponen si los números lo justifican. Curvo apenas una sonrisa. No porque me divierta. Porque me obliga a recalcular. —Eso suele incomodar. —La rentabilidad no está para agradar —responde—. No se mueve. No retrocede. Mantiene la distancia exacta para no ceder… ni provocar de más. —Te enviaré un informe con los escenarios finales de inversión y retorno —dice—. Quiero que lo revises personalmente antes de avanzar. —Lo haré. —Perfecto. Me enderezo y camino hacia la puerta. Antes de salir, me detengo. —Dasha. Se tensa apenas. Lo justo para notarlo. —Este proyecto va a exigir más de lo que ambos esperamos. —Eso es lo que lo hace viable —responde—. Siempre que nadie confunda control con eficiencia. La observo un segundo más de lo necesario. —Eso está por verse. Salgo sin esperar respuesta. El pasillo de cristal me devuelve a mi territorio, a mi control, a mi mundo. Y aun así, algo se reacomoda por dentro. No fue un choque frontal. No fue una confrontación técnica. Fue una disputa silenciosa por quién decide cuándo detenerse. No la quiero como quiero a otras mujeres. La quiero resuelta. Medida. Conquistada en el único terreno que no cede: el del control. Y mientras regreso a mi oficina, con la certeza de que la partida acaba de empezar, entiendo algo con claridad incómoda: Una mujer que domina los números no se doblega con palabras. Y eso la vuelve infinitamente más peligrosa.
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