El primer día siempre deja un residuo.
No importa cuán ordenado haya sido, cuántas decisiones se hayan tomado o cuántos números hayan cerrado correctamente. Algo queda flotando, una sensación que no se archiva ni se disuelve con el paso de las horas. Las sociedades nuevas funcionan como los territorios recién ocupados: primero se recorren, luego se miden, y recién después se decide dónde clavar la bandera.
Dasha Steiger pasó el día sin desentonar. No pidió permiso de más, no invadió espacios que no le correspondían, no cometió errores visibles. Se movió con la seguridad de alguien que sabe exactamente por qué está aquí y qué controla dentro de esta alianza. Su lugar no está en las líneas de producción ni en los talleres; está en los márgenes, en los costos, en los números que deciden si un proyecto vive o muere. Y eso, lejos de tranquilizarme, mantiene mi atención fija.
El almuerzo no es un gesto amable. Es una excusa funcional.
Una forma de cerrar el día, de observarla fuera del marco estrictamente formal, de reafirmar una jerarquía que todavía no se ha explicitado del todo.
—¿Almorzamos? —le digo cuando aparece en la puerta de mi oficina—. Para cerrar el día.
Me observa un segundo más de lo necesario. No sonríe.
—Está bien —responde—. Tengo una hora.
Asiento. No necesito más.
Bajamos juntos en el ascensor privado. Las puertas se cierran y el espacio se reduce a cristal, acero y silencio. No hay música. No hay distracciones. Solo el reflejo de ambos multiplicado en las paredes pulidas y la cercanía inevitable de los cuerpos.
Es entonces cuando la miro de verdad.
Dasha no viste para provocar, y precisamente por eso resulta imposible ignorarla. Lleva un vestido oscuro, ajustado con una precisión que no exagera nada, pero no perdona nada tampoco. La tela cae sobre su cuerpo como si hubiera sido pensada para acompañar cada movimiento, marcando curvas firmes, contenidas, sin necesidad de exhibirse. No hay escote excesivo ni piel ofrecida; hay control. Y ese control vuelve la imagen más perturbadora que cualquier intento evidente de seducción.
Sus piernas, sólidas sobre los tacones, transmiten estabilidad. La espalda recta, los hombros relajados. Huele limpio, sobrio, a algo que no invade pero se queda. No es una mujer que se ofrezca. Es una mujer que permite ser mirada sin deber nada a cambio.
Mi cuerpo reacciona antes de que decida ignorarlo.
No es deseo inmediato. Es tensión.
Siente la mirada. Lo sé por cómo inclina apenas el mentón, por cómo no gira el cuerpo ni intenta cubrirse. No se esconde. Tampoco se muestra.
—¿Siempre analizas así? —pregunta, sin mirarme directamente.
—Solo lo que importa —respondo.
Nuestros reflejos se cruzan un segundo en el espejo del ascensor. Su mirada es firme, consciente. No hay incomodidad. Hay una advertencia muda.
Las puertas se abren y el momento se corta, pero no desaparece.
El restaurante está a pocas cuadras. Discreto, preciso, pensado para conversaciones que no necesitan testigos. Nos reciben con la cortesía exacta. Todo responde.
O debería hacerlo.
Estamos a punto de sentarnos cuando siento la interrupción antes de entenderla.
No es intuición. Es experiencia.
El aire cambia apenas, como si alguien hubiera entrado sin pedir permiso. Me giro.
Rubio. Alto. Traje impecable. Ojos celestes que no recorren el lugar buscando aprobación. Avanza con una seguridad que no necesita confirmación, como si el espacio se le acomodara alrededor. No sé quién es, pero sé una cosa: no entra para mezclarse.
Dasha se tensa. Apenas. Lo suficiente para que yo lo note. No retrocede, pero su cuerpo lo reconoce antes de que su mente termine de procesarlo.
—Dasha —dice él, deteniéndose junto a nuestra mesa—. Pensé que almorzarías sola.
Su voz es calma. Controlada. No pregunta. Asegura.
—No sabía que estabas en la ciudad —responde ella.
—Siempre lo estoy —dice—. Aunque no siempre me anuncie.
Me mira entonces. Directo. Sin rodeos. Su mirada no mide; evalúa territorio.
—Y tú debes ser Matías Guerra.
Asiento, sin extender la mano de inmediato.
—Así es.
Sonríe apenas. No es cortesía. Es dominio.
—He oído hablar de ti.
—Supongo que el interés es mutuo —respondo.
Dasha interviene, como si necesitara poner palabras antes de que el silencio se vuelva incómodo.
—Íbamos a almorzar para cerrar el primer día de trabajo —dice—. Algo breve.
—Perfecto —responde él—. Entonces los acompaño.
No lo pregunta. No espera respuesta.
Me mira.
—Si no te molesta.
Ahí está el primer choque real.
Porque molesta. Porque no estaba previsto. Porque no responde a nada que yo controle.
—Por supuesto —digo—. Será un gusto.
Nos sentamos. Él toma la cabecera sin pedirla. No lo discuto, pero lo registro. Dasha queda entre nosotros, una posición que no eligió, pero que acepta sin alterarse.
—Sergei —dice ella entonces—. Sergei Novikov.
Ahí cae el nombre.
No necesito más explicación. El peso se entiende solo.
Sergei pide sin mirar la carta. Habla de negocios, de mercados del este de Europa, de inversiones que se mueven con la paciencia de quien no necesita apurarse. Todo en él comunica poder sin esfuerzo.
—Así que ahora trabajan juntos —dice, mirando a Dasha—. Interesante movimiento.
—Es una sociedad estratégica —responde ella—. Bien definida.
—Siempre lo es al principio —dice él—. Mientras cada uno recuerde su lugar.
Me observa al decirlo.
—Cada empresa controla su área —respondo—. Guerra Enterprises diseña y fabrica el vehículo. La empresa de Nikolai aporta componentes clave. Dasha supervisa la viabilidad financiera.
—Siempre fue buena con los números —dice Sergei—. Por eso confío en ella.
Confío.
La palabra se instala donde no debe.
El almuerzo continúa sin confrontaciones abiertas, pero fuera de mi control. No puedo dirigir la conversación. No puedo marcar el ritmo. Sergei no compite: ocupa. Y yo no puedo desplazarlo.
Cuando nos levantamos, sé que algo quedó desacomodado.
No poder. No autoridad. Control.
Sergei se inclina y besa la mejilla de Dasha con una naturalidad que no pide permiso.
—Te llamo luego —dice—. Tenemos cosas que hablar.
Se va sin mirarme otra vez.
Dasha exhala apenas cuando quedamos solos.
—Lo siento —dice—. No estaba planeado.
—Nada de esto lo estaba —respondo.
Nos miramos un segundo más de lo necesario. No hay cercanía. No hay disculpa real.
Hay tensión.
Porque ahora no solo quiero entender a Dasha. Quiero entender a él. Y mientras regresamos a la empresa, con el día oficialmente cerrado, lo tengo claro: Ese hombre no es una sombra en su vida. Es una presencia activa.
Y por primera vez en mucho tiempo, hay alguien en el tablero que no conozco… y que no obedece.