Respiro hondo, porque hoy es el día. Se supone que lo he esperado desde que dejé la villa. Y entonces, ¿por qué estoy con el corazón encogido y las manos sudando como locas mientras el taxi avanza entre el tráfico lento de la ciudad? Cada semáforo me da tiempo de sobra para imaginar cómo se verán mis manos sobre esos papeles, firmando algo que siento que debería ser definitivo, y al mismo tiempo, temiendo que lo sea para siempre. La luz amarilla parpadea, y en ese breve instante, mi mente se llena de imágenes de Nicoló. Su sonrisa torcida, su manera de mover las manos al hablar, la forma en que sus ojos se iluminan con cada idea absurda que tiene. “No firmes… no lo hagamos”, me lo pidió una y mil veces de diferentes maneras. Las últimas aún están en mi menoría anoche cuando lo volvió a ped

