El ramo es tan grande que parece ocupar media mesa del comedor. No sé si odiarlo o abrazarlo. Los pétalos son tan perfectos que parecen falsos, pero no lo son; puedo oler el perfume dulce y fresco que se derrama por toda la estancia, obligándome a respirar a pesar de la opresión que me aprieta el pecho. Es el quinto en cinco días. Cinco días desde que Nicoló me miró a los ojos y me arrancó la versión que yo había creído mía sobre aquel accidente, para reemplazarla por la suya. Por la verdad. Mis dedos se crispan alrededor del papel que envuelve el tallo central, arrugándolo, y siento cómo la textura áspera me raspa la piel. Un trozo se desprende, cae, y se desliza por el suelo como un susurro que me recuerda que nada de esto debería existir. Que este y los demás ramos no deberían estar aq

