Cuando termino de peinar a Emilio, me quedo un instante contemplando la suavidad de su cabello. El cepillo aún descansa en mi mano, pero mis dedos se deslizan solos entre los mechones finos, como si necesitara grabar en mi memoria esa textura. El contacto con él me llena de calma, aunque por dentro me sienta como un mar en plena tormenta: emocionada, expectante, con una ansiedad dulce que me recorre la piel como un cosquilleo. Él me mira. Sus ojitos grises, tan claros que parecen espejos del cielo, titilan de alegría. Lo noto impaciente, vibrante, y al mismo tiempo seguro, confiado en que estoy aquí para sostenerlo. —Mamá —dice y rebota en su lugar con una bonita sonrisa. La palabra me atraviesa el pecho. El aire me falta por un segundo, y luego todo mi cuerpo se sacude de ternura. Las

