Salgo de la firma de abogados con la respiración todavía marcada por el ritmo frenético del día. Mis pasos resuenan sobre el mármol de la entrada y siento cómo el aire de la tarde acaricia mi piel al atravesar la puerta principal. El sol comienza a descender y el cielo se tiñe de un naranja suave, como si incluso él supiera que hoy todo está distinto, que algo nuevo está a punto de suceder. Y entonces lo veo. Apoyado con aparente descuido contra el auto n***o, Nicoló me espera. La postura de su cuerpo irradia esa calma peligrosa que siempre me ha atraído, como si el mundo entero pudiera derrumbarse a su alrededor, y él seguiría allí, firme, dueño absoluto de su espacio. Mi corazón da un salto y no puedo evitar sonreír. Camino hacia él con la seguridad de quien reconoce un puerto seguro

